Adolfo Valderrama Porter
┬┐Quién me robó la firma?


Hace unas semanas atrás, me robaron un cheque que fue “satisfactoriamente” cobrado por el ladrón en mi banco. La firma del cheque (o sea mi firma) era “igualitica”… y aún no tengo ni idea como llegaron a mi firma. Lo pienso y re-pienso y no logró descifrar el cómo. Afortunadamente, logré recuperar el dinero robado por gestiones de carácter “comercial” dentro del banco, porque por la vía legal, estaba frito. Y después de este nada de agradable episodio, con más fuerza siento que mi firma no se presta, ni se deja con gente desconocida.




-    Buenos días.

-    Buenos días. Tengo reunión con el Sr. Ignacio Quezada.

-    ¿Su nombre?


-    Adolfo Valderrama

-    ¿De qué empresa viene?

-    De Plan B Consultores.

-    Me tiene que dejar su cédula de identidad.

-    Perdón, ¿y no podría registrar mis datos personales y entregarme de inmediato el carné?

-    No.

-    ¿Por qué no?

-    Porque esa es la regla de la empresa y yo estoy aquí para cumplirla.


-    Pero señor, el carné de identidad es personal y me incomoda profundamente no tenerlo siempre en mi poder.

-    Señor Valderrama, ¿desea ver al señor Quezada?


-    Si claro, tengo una reunión en 5 minutos más con él.

-    Bueno, entonces me tiene que entregar su carné de identidad para yo poder darle el pase de visita que se requiere para ingresar a nuestra empresa. ¿Usted decide?


-    Está bien… aquí lo tiene.


Esta no es la primera vez que me ocurre algo así (y probablemente no será la última). Es una situación real, muy real que me pasó la semana pasada. Sólo cambié el nombre la persona a la que iba a visitar, que era un potencial cliente. Era.

En otra situación similar que me ocurrió el año pasado al ingresar a hacerle Coaching a un ejecutivo de un banco, me fui un poco más profundo (porque tenía más tiempo) y le pregunté al guardia el sentido de la norma o regla que me obligaba a dejar mi carné de identidad. Él, sin pelos en la lengua, me dijo: “Fácil. Teniendo su carné acá en portería, yo me aseguro que usted me devuelva la credencial de visita que le voy a entregar para poder entrar a la empresa.”  Escuchando su respuesta, le pregunté: ¿Entonces usted, sin conocerme, desconfía que yo me voy a quedar con su credencial?   Y él, muy choro el viejo, me respondió. “Yo no desconfío de usted, pero la empresa si. Por eso puso la regla”.

Si me adentrara en los valores del banco, seguro estaría la CONFIANZA como uno de los pilares de la conducta que los rige, o que supone que los rige. El papel aguanta todo, sobre todos en afiches y cuadros muy elegantes en que se muestran orgullosos los valores de la organización, junto a su visión y misión. Y no me cabe duda, que si indago un poco, más de alguna campaña publicitaria evoca a la confianza como motor primordial de las relaciones con clientes. 

Y tiene razón el guardia, el proceso mismo está basado desde la pura desconfianza, más allá de lo que declaren los “Padres Gaticas”.  Y lo más probable que, más encima, tengan un historial que haga que tal procedimiento sea absolutamente justificado y necesario dado los robos que pueden haber existido en el pasado cuando alguien no identificado se paseó por las oficinas como “Pedro por su casa”, haciéndose propietario de lo que no era propietario.

Gran tema es la Confianza en este país, que según estudios nos sitúa entre los países en que más se desconfía. Y, no me quiero ir por ese camino, que sin duda da para otro escrito. Me quiero ir en defensa de lo que es mío… y nada más que mío, como tuyo y nada más que tuyo.

A ojos de esta sociedad de “links” permanentes y omnipresentes, de bases de datos en que hemos sido ingresado voluntariamente y no tanto, de roles únicos nacionales, de números de teléfonos, de direcciones particulares y comerciales, de correos electrónicos corporativos, de gmail, de hotmail, de yahoo, de cuentas en skype, de perfiles en Facebook, de índices de riesgos en Dicom, de cuentas corrientes, etc… casi lo único que es nuestro, verdaderamente nuestro, es nuestra firma. Todo lo demás ya está en la red, sin posibilidad alguna de que lo controlemos.

Nuestras firmas se encuentran en tres registros “oficiales”. En nuestra cédula de identidad, en nuestra licencia de conducir y en nuestro pasaporte. Descartado que normalmente no portamos el pasaporte cuando estamos dentro del país, sólo quedan dos registros oficiales que muestran nuestra firma y son justo ellos los que nos lo solicitan al momento de ingresar a la gran mayoría de las empresas con sistemas de seguridad que se vanaglorien de tal: la cédula de identidad o la licencia de conducir.

Estos dos documentos son una posesión personal, requeté contra personal, por lo que no debería existir proceso administrativo y de seguridad alguno que nos obligue a dejar de tenerlos en nuestra posesión en todo momento. De hecho, el Artículo 85 del Código Procesal Penal dice que el carné de identidad lo pueden pedir para ver, pero en ningún caso para retenerlo, con la excepción de Carabineros o la Policía de Investigaciones en procesos de control de identidad.  Así, en la muy simple, todas las empresas que retienen los documentos oficiales de identidad, quebrantan la ley.  ¿Su razón para hacerlo?  La desconfianza.

Me he cuestionado la incapacidad, falta de ingenio y creatividad que tiene los responsables en las empresas de diseñar sistemas en que no nos despojen de algo que es nuestro. Ahora que lo pienso, yo mismo hago un acto supremo de confianza cuando entrego mi carné. ¿Cómo respondería un guardia o una empresa ante la pérdida de mi carné? ¿Cómo me pagaría el tiempo y las molestias requeridos para volver a sacarlo en caso de pérdida? ¿Cómo respondería ante el posible mal uso de un carné robado?  No creo que esté estipulado en el procedimiento de seguridad respectivo. Y lo más probable es que sencillamente no responderían.

Además, me he cuestionado el estado anímico en que entrego algo que es personalmente mío.  Lo entrego definitivamente desde la resignación… y por más que he querido hacerlo desde la aceptación de la norma, de seguir las “reglas del juego”, no hay caso, porque siempre pienso y siento de lo “inadecuado” de la medida. Y de pronto soy yo el que estoy desvariando… y el tema no es para tanto. Y la gran mayoría de los chilenos entrega su carné sin ningún problema, porque la gran mayoría confía. De pronto.

Hace unas semanas atrás, me robaron un cheque que fue “satisfactoriamente” cobrado por el ladrón en mi banco. La firma del cheque (o sea mi firma) era “igualitica”… y aún no tengo ni idea como llegaron a mi firma. Lo pienso y re-pienso y no logró descifrar el cómo. Afortunadamente, logré recuperar el dinero robado por gestiones de carácter “comercial” dentro del banco, porque por la vía legal, estaba frito. Y después de este nada de agradable episodio, con más fuerza siento que mi firma no se presta, ni se deja con gente desconocida.

Lo lamentable es que mi mayor argumento es ahora la desconfianza, emocionalidad a la que había evitado acercarme. Parece que no me queda más que aceptar la desconfianza como parte de mi vida, de nuestra vida en esta sociedad, porque de lo contrario, creer, desde la confianza, se está convirtiendo cada vez más en una ingenuidad irresponsable que no tiene defensa alguna.




Ps. Sólo para el registro, yo soy el mismo individuo que hace un año y tanto atrás me abrieron mi auto, me robaron mi notebook, una cámara digital y réflex y otros varios. En esa oportunidad me tuve que perdonar por la serie de decisiones erróneas que tome, muchas de ellas basadas en la confianza “irresponsable”. Como mi auto ha seguido siendo víctima de robos, le comentaba el otro día a mi hijo mayor que ya es tiempo de cambiarlo, porque está siendo “yeta”. Después me quedé pensando, que eso en poner el juicio de la desconfianza afuera, como si mi auto tuviera la culpa. Tan absurdo cómo llegar a pensar que si cambio de auto, volveré a confiar. Supiera mi querido auto que lo catalogue como “yeta”. Supiera.




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