Cuerpo y Movimiento de la Tierra
El secreto Mapuche de los Terremotos
Ziley Mora

Chile es una terraza volcánica imposible. Un territorio-nación que vive en los bordes de una placa rocosa y de cara a los abismos de otra: una rareza de habitar, sólo a condición de asumirse como siempre “en tránsito”, desde la precariedad de una vida no definitiva y en construcción constante, como si el país hubiese sido concebido como un largo y angosto camino para solo “pasar” hacia las grutas de lo alto, en una constante y eterna transhumancia. “Chile es una especie de terraza, una terraza infinita, infinitamente larga y angosta, al borde de un océano gigantesco. Esta es una proposición de infinito que es hecha a los chilenos, que ha debido darles una originalidad profunda”, nos recordaba el escritor francés André Frossard al conocer el país el año 1987.

Pero la tentación es quedarse en estas tan atractivas costas (lo eran más aún -y en grado superlativo- antes del “progreso europeo”, y particularmente por su aromática selva valdiviana que casi cubría todo el territorio). Su “loca geografía” una curiosidad de la naturaleza: es un país instalado en una cornisa de roca con salida y vista al mar, inestable plataforma que pende como un balcón desde la alta cordillera andina que no deja de crecer y crecer. Porque la placa de Nazca del fondo del lecho marino empuja a la placa terrestre de sus costas metiéndose por debajo como una cuña gigantesca y obligándola a subir.
Desde hace milenios, la dicha placa de Nazca, a la altura del Ecuador por el norte y hasta los hielos de Aysen por el sur, avanza hacia el continente, a su vez que la placa Sudamericana lo hace hacia el océano. En esa “pelea de titanes” –como tan curiosamente lo ha llamado una periodista científica chilena por estos días- la de Nazca “agacha su nariz para pasar por debajo de la Sudamericana, levantando a ésta última. En el punto de contacto entre ambas se genera un plano de 23 grados”.] El mismo Concepción hoy (luego del cataclismo del 27 febrero del 2010) se ha movido más de tres metros de su antigua posición y levantado otros dos. En esta hora, en que de nuevo toda la modernidad parece caer (techos, construcciones, antenas satelitales, puentes) no nos damos cuenta de lo esencial.

Porque a pesar que nuestros ojos todo lo ven en el suelo, lo que en realidad ocurre es que todo apunta a subir. Y esto es justamente lo que desde el fondo del tiempo, desde el fecundo útero del mito arcaico, saben los viejos kimche (sabios) del Pueblo Mapuche y que nos vienen repitiendo: es el mito mapuche de Kay-Kay y Treng-Treng. En substancia este mito afirma que en estas tierras habrá una lucha eterna entre la serpiente de lo marítimo-bajo-húmedo (Kay-Kay) contra la serpiente de lo terrestre-alto-solar (Treng-Treng). El mito afirma que cíclicamente la serpiente de las aguas intentarán anegar los montes sagrados para obligar a sus habitantes a evolucionar y subir hacia las cimas secas, empujándolos a que habiten donde les corresponden: muy cerca “de los dominios del sol”. Pero estos lugares altos, para contrarrestar el apetito de destrucción de la serpiente de las aguas, subirán más aún, estirándose unas puntas de tierra y roca hacia arriba, nunca dejándose atrapar totalmente, salvando así a un puñado de humanos despiertos. De lo contrario, Kay-Kay transformará a la mayoría de la masa indolente y poco vigilada de la costa en peces y oscuros animales marinos, tal como lo registrara la primera versión del mito que corresponde al cronista jesuita Diego de Rosales, hacia fines del 1500. Vale decir, según este mito, el precio de no subir es la involución, la degradación de la humanidad. Conviene apuntar a aquí que en la zona de Arauco y en la región de la Araucanía hay unos cuantos cerros sagrados que llevan el nombre de Treng-Treng, sitios de profunda significación sagrada para las actuales comunidades mapuches.

Este fenómeno de la lucha cíclica de ambas serpientes, según el texto oral del mito, ya se ha repetido en otras épocas remotas, donde solo uso muy pocos elegidos, subieron a las cumbres. El mito les previno que lo hicieran ligeros de equipaje, en pareja, de a cuatro, dos parejas de jóvenes (fuerza) y dos parejas de ancianos (sabiduría), la simbólica representación de las “cuatro personas divinas de la Füta Newen, la Gran Energía”, es decir, la Tetralogía sagrada, el Ser Supremo mapuche. El único utensilio tecnológico prescrito para el viaje ascendente es una vasija de madera, con la expresa indicación de llevarla “como olla” sobre sus cabezas, en la posición utilitaria, es decir, no de casco o “de sombrero”, como lo indicaría una lógica de emergencia. Y esto para dos fines: para protegerse del fuego y de la luz excesiva que podría abrasarlos a causa de su inaudita cercanía y, sobretodo, abierta hacia los dones de Arriba, hacia lo Infinito, dispuesto a recoger las gracias e iluminaciones del infinito abismo de Arriba, el Wenumapu (literalmente: “la Tierra de Arriba” de donde viene la chispa de nuestro pëllu, el espíritu personal). Tal sería la razón de mantener dichas vasijas como receptáculo: cambiar el esquema de los frutos de la tierra y de las aguas y ahora acompañarlos de una nueva “dieta”: los rayos del sol y de los mensajes de las estrellas. Porque vivir será ahora, -luego de la gran Crisis del maremoto- un alimentarse con las comunicaciones del Cielo.

A esta altura, y aparte de revelarnos un par de trascendentes motivos del sentido de la vida humana (la evolución hacia la Luz de lo Alto) y el por qué venimos a existir como humanos en esta terraza o inestable balcón de tierra volcánica llamada “Chile”, el mito mapuche nos revela el sentido de un desastre, la razón secreta de la catástrofe. Cada vez que ocurra un terremoto o maremoto en la tierra es una clase magistral de la pedagogía divina reeditada. Viene y se produce ( ¿o se “nos envía”?) para reordenar una falsa existencia que ya no tenía casi nada de humana y que corría el gran peligro de traicionar su esencia, tornarse en fuerza ciega e involutiva, en alimento para que lo humano sea digerido por los jugos gástricos de los intestinos marinos de Kay-Kay. Dicho sea de paso, en el quechua antiguo del Perú (idioma del cual el mapudungun -la “lengua de la tierra” mapuche- exhibe muchos préstamos) Kay significa nada menos que “Dios”. Así, todo terremoto o tsunami (su ancestral aliado) viene para remediar un olvido ontológico, viene como un justiciero divino cuya misión es sacudirnos y lavarnos de la falsa identidad con que identificamos lo medular de la vida, el apego a los “placeres de la terraza playera”.

El Dios Kay-Kay, así, reduplicado como una ola que se renueva, viene más bien a arrastrar a su lecho marino lo que le es suyo, lo que ya le está perteneciendo; es decir su mafin, su “pago”, su cuota de hombres que no “califican” o no suben la montaña evolutiva del Treng-Treng, los que se animalizaron. Porque solo este sacudón, esa imprevista violencia telúrica para hacer caer los espejismos (¿a quién en Chile alguna vez no se le ha quebrado un espejo?) y una vez despojados de las mentirosas falsas prioridades, puede hacernos marchar hacia los cerros sagrados del Tren-Treng, símbolo del Wenumapu, “la Tierra de Arriba”.
Vibración del alma humana.

A la luz de las evidencias sísmico-geológicas, tan cercanas a cualquiera por lo abundantes en la realidad histórica de Chile, y de la profusión de datos etnográficos recogidos por este autor durante casi veinte años en la zona indígena del centro-sur de Chile, nuestra tesis es que podemos afirmar que la visión indígena de los terremotos es ultramoderna (más allá de esta postmodernidad), hipercientífica, y “cuántica”, en cuanto que ella da cuenta de los enlaces infinitesimales entre las vibraciones humanas y las vibraciones geológicas (éstas últimas capaces de ser inducidas o bien bloqueadas por aquellas). En su tan valiosa y monumental obra “Viaje de un naturalista alrededor del mundo” de Charles Darwin, éste prominente investigador inglés registra unos más que preciosos detalles etnográficos en los cuales subyacen una buena síntesis de la visión y del “secreto” mapuche de los terremotos, misma que en la década de los ochenta yo verificara personalmente entre las comunidades indígenas de el sector andino de la Araucanía.

En ella -y con ocasión de ser el científico inglés testigo de los desoladores vestigios del reciente e inmenso maremoto y terremoto sufrido por las gentes de Talcahuano, el 20 de febrero de 1835- adelantémoslo, se nos asoma una más que apasionante mirada de la realidad humana y geológica, percibida ambas -por las gentes del Chile de antaño- en íntima asociación, unidad y comunicación. Es decir, desde lo arcaico –y ya mucho antes que científicos como Francisco Varela y Humberto Maturana, en nada casual “chilenos” de nacionalidad- se nos confirmaría la premisa más importante de las recientes ciencias cognitivas: el mundo humano decide la realidad, el mundo de la realidad circundante, ya que éste emerge de aquel, porque el yo humano, en la activa construcción de su mundo y realidad, siempre tendrá “velas en ese entierro”. Se trata de un par de citas darwinianas de ese viaje, fundamentales, que me movieron a redactar este ensayo, citas claves para este capítulo fundamental que busca rescatar un olvidado rasgo de la sabiduría ancestral. Estimo que estas apuntes de Darwin aluden al núcleo del fenómeno; es decir dan cuenta del por qué se producen los terremotos, la causa humana generadora – o al menos activadora y potenciadora- de dichos gigantescos desequilibrios telúricos.

Darwin, desde la oralidad indígena de los lugareños, registra que ese terremoto fue evitado en una zona del país, en Chiloé , porque allí no se taponaron los volcanes de la zona, lo que sí habría ocurrido más al norte, en Concepción-Talcahuano, precisamente a causa de una acción humana –siempre generada de mundos intencionales- que linda con una muy consciente intervención mágica, el evento secreto que ocasionaría el cataclismo. Vamos a la primera cita: “En ese lugar [en dos volcanes cordilleranos frente a Chiloé ], una erupción se produjo, pues, en vez de un terremoto, cosa que hubiera ocurrido en Concepción si según lo pensaban las buenas gentes de esta ciudad, unas hechiceras no hubieran tapado el cráter del volcán Antuco [que está en el sector cordillerano frente a esa ciudad]”.

Para el mundo mapuche, la erupción volcánica es la natural salida de “la menstruación de la tierra” (significado de kuyentun kitral mapu, traducción etimológica del vocablo “erupción”) y cuyo flujo periódico mantendría a raya la irrupción de los terremotos. Porque la noción indígena, desde siempre ha sido considerar que los constantes movimientos telúricos se acumularían demasiado peligrosamente si no tuvieran su natural “desahogo” por las chimeneas de los abundantes y activos volcanes andinos. Allí en Talcahuano, Darwin recogía datos de este tipo, datos que aludían a la acumulación de la energía: “la mar se pone negra y empieza a hervir…”. Y también una pista enormemente valiosas para él y para los mapuche, a quienes éstas evidencias naturales les persuadía a rehuir las casas cuadradas que los misioneros les obligaban ocupar en los llamados “pueblos de indios”, y así seguir ellos habitando sus tradicionales viviendas circulares, como la ruka, ¿La razón?: la evidencia que allí el inglés pudo constatar y registrar testimonios como el del “desplazamiento de las piedras en sentido circular”; en espiral, del mismo modo como un recién nacido trabaja para llegar a este mundo, de acuerdo al modo como se mueve en el estrecho canal del parto y como las caderas de su madre en el acto de su engendramiento… Porque sobre la femenina tierra, lo más estable en el universo sería el círculo.

Y cuando los ojos del gran científico todavía podían contemplar los aún tan recientes y devastadores efectos del maremoto, he aquí la explicación todavía más precisa que nos retransmite Darwin respecto del origen oculto de ese gran cataclismo, oída casi “en caliente”, prácticamente retransmitida “en directo y encima” del paradigma mapuche del antiguo Chile: “Las clases inferiores, en Talcahuano, estaban persuadidas de que el terremoto provenía de que las ancianas indias que habían sufrido algún ultraje dos años antes, habían cerrado el volcán Antuco. Esta explicación, por ridícula que pueda ser, no deja de ser curiosa, prueba en efecto, que la experiencia enseña a esos ignorantes que existe una relación entre la cesación de los fenómenos volcánicos y el terremoto. En el punto en que cesa su percepción de la causa y del efecto, invocan el socorro de la magia para explicar el cierre de la válvula volcánica”.

Dejando fuera los juicios descalificatorios del inglés por los indígenas como “clase inferior”, en la base de esta concepción mapuche de los terremotos y esbozada por el valioso apunte de Darwin, habría entonces un factor humano detonador, acelerador o causante de las fuerzas telúricas y que influiría en provocar la manifestación de un terremoto. Las emociones humanas, las emociones negativas serían entonces el núcleo básico que acumularía o “taponaría” los ductos naturales de la energía de la tierra. Esta se vería simpáticamente estimulada, y en particular por el tipo de emociones del mundo femenino con quien la tierra tiene especial afinidad. Y si lo femenino es capaz de “provocar” (con la rabia de un ultraje, por ejemplo) su propio poder también contendría la capacidad inversa, es decir, de detener el terremoto, la de mover los elementos y hacer que tierras, aguas, vientos y fuego regresen a su orden.

Es el caso de los ritos propiciatorios para “obligar” a las partículas de la tierra a que todo vuelva a su cauce, a que las aguas se aclaren y brille de nuevo la serena luz del sol sobre las flores. Se trataría de otro tipo de magia, de otro tipo de saber que ciertas machis, ciertas mujeres chamanes, que conocen el secreto de las aguas , que son capaces de hacer “brotar fuego en círculo desde la tierra”, también dispondrían del poder de calmarlo vía un canje propiciatorio, ya sea con sus dotes acerca del manejo del poder contenido en su verbo exorcista y/o con su sabiduría milenaria de los secretos de la naturaleza (la posesión o dominio de sus “enlaces finos”, cuánticos), al conocer como se “canjea” o “compensa “ un gran desequilibrio. Es decir, con la posesión y manejo útil de un tipo de conocimiento secreto como el que acompaña a ciertos ayunos y a ciertas prácticas solitarias que algunas mujeres hacen en lo más sombrío y solitario de los bosques y en ciertas altas grutas de los cerros cordilleranos (chenkes, kuramalal, etc.).

Así tenemos que el aporte mapuche que confronta (a todos por igual) tanto a la sismología académica o al manejo científico-preventivo del desastre natural, como a “la profecía apocalíptica”, a la “predicción maya del 2012” o la “ciencia” esotérica y escatológica de los actuales Nostradamus, va por el siguiente aserto o proposición: Las catástrofes vendrían sincronizadas con la vibración del alma humana; y si en ellas se ubican sus gérmenes remotos o causas detonadoras, también desde ellas se pueden operar y detener sus efectos. Tenemos entonces a la vista, que la sabiduría mapuche ancestral, al ver anticipadísimamente la secreta, sutil e íntima unidad de los mundos humanos (el potencial mental de la alma humana ) con las fuerzas cósmicas, en cuanto que aquellas serían las originadoras de la realidad, de la organización de la materia y decidoras del destino o derrotero planetario, resultarían, de algún modo, muchísimo menos supersticiosa que las subsecuentes tradiciones cristianas y que las científicas que después se irían a adueñar del paradigma mental chileno.

Pero existencialmente –y sobre todo en estos tan especiales días- lo importante es que en este Chile que sube y sube no es normal estar vivo. Lo normal es estar muerto, dado la impresionante y abundante recurrencia de catástrofes naturales de todo tipo. Por tanto descubrirse con vida luego de una terremoteada noche, es todo un milagro, un éxtasis, un tipo de fuerza mística que nos debe provocar una inextinguible ansia de cambiar nuestras prácticas, personales y sociales, para así subir a una Pirámide con la vasija de las gracias celestiales abierta, cual una antena receptora al infinito mensaje del Gran Cosmos. Así, se impone que con la Gran Sacudida nos sacudamos también de lo superfluo, de lo superficial que nos atonta y hace borrosa la visión, de las emociones y pensamientos superfluos, nos sacudamos de los paradigmas europeos-occidentales deshumanizadores (hay tanto artificio que daña aquí, en América Latina, que pareciera como si la tierra misma estuviera expulsando sus artificiales implantes, tal como lo es el fetichismo de las tecnologías que, si les rascamos un poquito más allá de su platinado decorado, descubriremos que nos enferman y dejan mas vacía el alma).

Hoy en Concepción, como en Haití o en Turquía, quedó más que claro que a la hora en que todo circuito artificial se corta, una botella de agua es más importante que el Iphone sin batería, y que un abrazo que a alguien le permite llorar en el hombro amigo es infinitamente más valioso que una Toyota aplastada por los escombros e incapaz allí de ser la más poderosa “todoterreno” del mercado… Por tanto y apropiándonos del tan lúcido decir venezolano de M. Leonor Terán, en esta catástrofe chilena, “el gran regalo envuelto en papel de tragedia es que todo lo que no es Real se cae, y solo puede permanecer lo que es verdadero y eterno”. El terremoto –o lo que sea que vendrá- en buena hora nos fisura y agrieta profundamente el mecánico corazón, porque, entre otros bienes, hemos perdido el poder salvador de las cosas simples, de las cosas sencillas, de los deseos humildes. Aunque lo increíble de esta experiencia de catástrofe, es que la gente en general (incluida algunos que lo perdieron casi todo) modifica muy poco sus prácticas, y como lo comentara desde Colombia Adriana Acosta “no se da cuenta que el mundo ya no es más el mismo… Y si esto es así ¿por qué insisten continuar con la vida del mismo modo? Nos resistimos al cambio nos aferramos a lo conocido y eso solo nos hace más dolorosa la realidad… Mientras más pronto aceptemos lo que es más pronto saldremos adelante”… más pronto subiremos la Montaña.

Finalmente, podemos resumir que la gran enseñanza que nos lega la ya larga historia de los terremotos chilenos (y no sólo para los chilenos), es que el secreto del hogar humano, el secreto de “la residencia sobre la tierra”, es subir a nacer (por usar aquí consciente y real –y no literariamente- el lenguaje de Neruda, nunca más urgente y nunca más pertinente); es decir, abandonar las “malas casas” que habitamos, las malas moradas del Ser; léanse, las prácticas del apego involutivo propias de nuestras formas inferiores de animalidad: lo fácil, las pasiones que nos rebajan, las perversiones acuosas de la sexualidad (la distorsión desnaturalizada del fuego de Kundalini, que en vez de Eros, se degrada en Thánatos, la libido de muerte) , el fetichismo por las posesiones materiales, la insoportable superficialidad con que se embota sin pena ni gloria el don infinito de la charla y el ocio de la vida, el apetito de rapiña (desatado esta vez en el pillaje y el saqueo -o el de la acumulación antinatural de exceso de bienes muebles- porque antes de la modernidad todo el sencillo pueblo chileno se unía para colaborarse, nunca para robarse), etc.

Y si esto no se aprende, la naturaleza nos obligará recurrentemente a empezar desde cero (en el caso que a la siguiente vez nos deje vivos) tal como la mítica condena de Sísifo, ese titán griego que los dioses lo obligan a levantar mil veces hacia una alta cumbre una pesada piedra, para una vez arriba y después de tanto esfuerzo, ver impotente que otras mil veces se le despeña a la base, para así recomenzar eternamente de nuevo, una vez más, desde abajo hacia arriba (¿queremos que la misión de Chile sea la de Sísifo?). Y la realidad, una vez más puesta al desnudo, su verdadero núcleo, es que nos falta evolucionar; la realidad es que la sociedad chilena, muchísimo menos sencilla, menos conectada con lo esencial y menos generosa que aquella casi rural del terremoto-maremoto de Concepción del 1835, desde el punto de vista del “capital social” y del capital de las virtudes, Chile sufre una evidente involución. En palabras de Claudia Urzúa, autora del libro “Chile en los ojos de Darwin”, y que en esto pareciera interpretarlo profundamente, escribe: “También [para el autor de la teoría evolutiva], la conducta más evolucionada no es proclive al egoísmo del “sálvese quien pueda”, sino al altruismo recíproco… porque lo genuinamente humano sería el altruismo dictado desde la honda necesidad”.

Y este Chile –a la vez marítimo y andino, ya que nunca vamos a poder renegar de Kay-Kay y de Treng-Treng- cada par de décadas, su sino geológico y espiritual es subir y subir, porque no puede salvarse sino en la altura, tal como la sapiencia de un piloto que, cuando ve que su nave enfrenta turbulencias, debe enfilar su avión por encima de las nubes en colisión y tormenta, más arriba de lo precario e inestable, allí en la alta ruta donde habita la paz. Ese piloto sabe que para transitar por el orden superior donde todo se controla, solo se logra subiendo más arriba y así modificar sus vuelos rasantes y rastreros –el reino del caos y la confusión- para elevarse hacia la zona de la estabilidad y de la luz. El precio de la verdadera seguridad es el bendito ascenso. Por tanto, Chile se salva desanclándose, desaferrándose del apego hacia lo que ya ha construido, lejos de las orillas bajas, placenteras y fáciles: o navegando con su barco hacia alta mar – encima de la ola fatídica- muy distante de las colisiones de los buques costeros que peligrosamente allí anclados se sueltan todos cuando viene el maremoto y se arrasa un puerto. O bien, cuando llegue la tembladera, la nación se salva caminando armónicamente en pareja y abierto a los dones del Cielo, bien alto, allí en las pirámides circulares de los Andes… Porque cada vez que tiemble, lo cierto es que Chile se salva cambiando de ruta de navegación; es decir, modificando su pobre conocimiento “rasante”.

Chile solo se salva residiendo en el Treng-Treng, en una Montaña Sagrada, habitando y construyendo nuestra gran y estable pirámide interior (más que exterior). Y cada terremoto, recalcitrante y porfiadamente, cada veinticinco años nos lo recuerda. Si, Chile – nos lo insistía en 1987 el ya citado autor francés André Frossard- “es un país en el cual hay mas cielo que en ninguna otra parte… Yo espero que Chile nos dé un día noticias del Cielo si se consagra a ello en profundidad, independiente de las tareas que tiene que llevar a cabo diariamente por las necesidades del progreso”. Por tanto, el sino ontológico de Chile es el mismo destino ontológico de la humanidad y del resto de los países de Latinoamérica, particularmente los andinos: vivir para subir al Cielo en donde está nuestra raíz ontológica, subir y evolucionar para Ser; renacer cuantas veces sea necesario para elevarse a las cumbres del Espíritu, porque “para nacer hemos nacido”. Para este despertar de la conciencia es que nos visitan los terremotos, éste es el regalo mayor que esconde ese extraño papel de su envoltura, hecho de celulosa sísmica y desastre.



Ziley Mora es un destacado etnógrafo, académico de las universidades de Concepción y Católica de Chile y prolífico escritor. Durante su trayectoria se ha dedicado al estudio en profundidad de la filosofía indígena americana y al rescate de su historia ancestral.


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