Movimiento "Occupy Wall Street"
Ninguna demanda es suficientemente grande.
Por Charles Eisenstein

Traducido por Alejandra Silberman

Al observar el marchito Sueño Americano, muchos de nosotros nos sentimos traicionados. Desempleo, inseguridad financiera, y esclavitud a deudas de por vida son solamente la punta del iceberg. No queremos meramente arreglar la máquina de crecimiento y traer ganancias y productos a cada esquina del mundo. Queremos cambiar el curso de nuestra civilización de manera fundamental. El Sueño Americano ha traicionado incluso a aquellos que lo lograron, que ahora viven en su soledad, con sus trabajos sobretiempo y sus McMansiones, narcotizados y anestesiados a la destrucción de la naturaleza y cultura, pero sintiendo su dolor, consumiendo sin cesar y acumulando para acallar la voz insistente que dice: “Yo no estoy en esta tierra para vender productos.” “Yo no estoy en esta tierra para incrementar el valor de las acciones.” “Yo no estoy en esta tierra para hacer que los números crezcan.”

Protestamos ahora no solo por ser excluidos del Sueño Americano, protestamos por su desesperanza.
Si no puede incluir a todos en la tierra, a cada ecosistema y bioregión, a cada pueblo y cultura en su riqueza; si la riqueza de uno debe ser la deuda de otro, si implica maquiladoras y clases marginadas y extracción de recursos naturales y todo el resto de la fealdad que ha creado nuestro sistema, entonces no queremos nada de esto.

Nadie merece vivir en un mundo construido sobre la degradación de seres humanos, bosques, aguas y el saldo de nuestro planeta vivo. Hablando con nuestros hermanos de Wall Street, nadie merece pasar sus vidas jugando con números mientras el mundo arde. Finalmente, estamos protestando no solamente en representación del 99% de los excluidos, sino también en representación del 1%. No tenemos enemigos. Queremos que todos despierten frente a la belleza de lo que podemos crear.

“Occupy Wall Street” ha sido criticado por su falta de demandas claras, pero...
¿Cómo generamos demandas, cuando lo que queremos es nada menos que un mundo más bello; el que nuestros corazones nos dicen que es posible? No hay demanda suficientemente grande. Podríamos hacer un listado de demandas para lograr nuevas políticas públicas: más impuestos a los ricos, aumento del salario mínimo, protección del medio ambiente, término de las guerras, regulación de la banca. Si bien sabemos que estos son pasos positivos, no son exactamente lo que motivó a la gente a ocupar Wall Street. Lo que requiere atención es algo más profundo: las estructuras de poder, ideologías, e instituciones que previenen que hayamos tomado esas acciones hace años; de hecho, que hicieron que esas acciones tan siquiera fueran necesarias. Nuestros líderes están amarrados a fuerzas impersonales, como la del dinero, que los llevan a hacer lo que ningún ser humano sano elegiría. Desconectados de los efectos reales de sus políticas, viven en un mundo de insinceridad y pretensión. Es hora de contraponer otra fuerza, y no solo una fuerza, sino un llamado. Nuestro mensaje es: “Dejen de fingir. Saben lo que hay que hacer. Empiecen a hacerlo.”  “Occupy Wall Street” tiene que ver con exponer la verdad. Podemos confiar en su poder. Cuando un policía le echa gas pimienta a mujeres indefensas, no lo golpeamos e intimidamos para que no lo haga de nuevo; lo mostramos al mundo. Algo mucho peor que el gas pimienta está siendo cometido contra nuestro planeta al servicio del dinero. No permitamos que se oculte nada de lo que está ocurriendo en la tierra.

Si los políticos están desconectados del mundo real de sufrimiento humano y colapso ecosistémico, aún más lo están los magos financieros de Wall Street. Tras sus pantallas de computadoras, habitan un mundo de puros símbolos, manipulando números y bits computacionales. “Occupy Wall Street” pincha su burbuja de pretensión, los reconecta con las consecuencias humanas de servir al dios que sirven, y tal vez con sus propias conciencias y humanidad también. Solo en una alucinación podría alguien imaginar que lo no sustentable puede durar para siempre; al pinchar sus burbujas, les recordamos que el juego del dinero está llegando a tu fin. Puede ser perpetuado un tiempo más, pero solo a un costo enorme y creciente. Nosotros, el 99%, estamos pagando ese costo ahora mismo, y a medida que se deterioran las fibras sociales y ambientales, el 1% pronto lo sentirá. Queremos que despierten aquellos que operan y sirven al sistema financiero, y que lo vean antes de que sea demasiado tarde.

Podemos también destacar que tarde o temprano no tendrán elección. El dios al que sirven, el sistema financiero, es un dios moribundo. Al leer varios sitios webs financieros, percibo que sus autoridades están perdidas, en pánico, implementando soluciones desesperadamente, que saben que son temporales, solo para postergar el problema unos años o unos meses. La estrategia de prestarle aún más dinero a un deudor que no puede pagar sus deudas está destinada al fracaso, es casi una certeza matemática. Como todas nuestras instituciones de crecimiento exponencial, no es sustentable. Una vez le has quitado al deudor todos sus bienes- casa, ahorros, pensión- y convertido hasta el último dólar de sus ingresos disponibles al pago de deudas, una vez has forzado al deudor a la austeridad y reclamado hasta sus ingresos futuros (o, en el caso de naciones, sus ingresos fiscales), entonces no queda nada para tomar. Estamos acercándonos a ese punto, al punto máximo de la deuda. La máquina de dinero, siempre hambrienta, buscar liquidar los restos que quedan de los bienes comunes naturales y capital social para re-encender el crecimiento económico. Si sube el PIB, también sube nuestra capacidad de servir la deuda. ¿Pero el crecimiento es realmente lo que queremos? ¿Podemos realmente celebrar un incremento en desarrollo inmobiliario, cuando tenemos 19 millones de casas vacías en el mercado? ¿Podemos aplaudir un nuevo yacimiento petrolero, cuando la atmosfera ha sobrepasado el límite de cuánta contaminación puede absorber? ¿El mundo realmente necesita más “cosas” en este momento? O podemos imaginar un mundo con más juego y menos trabajo, más compartir y menos comprar, más espacios públicos y menos encerrados, más naturaleza y menos productos?

Hasta ahora, la política del gobierno ha sido intentar de alguna manera de mantener la deuda dentro de los libros contables, pero todas las burbujas de deuda en la historia colapsan al final; la nuestra no es distinta. La pregunta es, ¿cuánta miseria soportaremos, y cuánta impondremos, antes de sucumbir a lo inevitable? Y en segundo lugar, ¿cómo podemos hacer una transición no violenta y amable a un mundo de “descrecimiento” o economías estacionarias? Demasiadas revoluciones previas a nosotros han sido exitosas, solo para después implementar una versión distinta pero más horrible de lo mismo que derrocaron. Estamos buscando un tipo de revolución distinto. Corriendo el riesgo de develar el soñador que soy, la llamaré una revolución del amor.

¿Qué otra cosa sino el amor podría motivar a alguien a abandonar la búsqueda de maximizar su interés personal?
El amor, la experiencia sentida de conexión con otros seres, contradice las leyes de la economía tal cual la conocemos. Finalmente, queremos crear un sistema monetario, y una economía, que es el aliado y no el enemigo del amor. No queremos estar por siempre batallando el poder del dinero para hacer el bien en el mundo; queremos cambiar el poder del dinero de manera que no necesitemos batallarlo. En este ensayo no describiré mi visión—una de muchas—de un sistema monetario alineado con el bien en todos nosotros. Solamente diré que un desplazamiento de este tipo solo puede suceder como consecuencia de un desplazamiento aún más profundo, una transformación de la conciencia humana. Felizmente, una transformación de este tipo está sucediendo hoy. La vemos en cualquiera que haya dedicado su vida a servir, sanar y proteger a otros seres: personas, culturas, ballenas, niños, ecosistemas, las aguas, los bosques, el planeta.

En la era ecológica, estamos empezando a comprender que somos seres conectados, que el bienestar de cualquier especie o pueblo está alineado con el nuestro. Nuestro sistema monetario es inconsistente con esta comprensión, que está apareciendo en el 100 por ciento de nosotros, en cada uno de manera distinta. Creo que el propósito final de “Occupy Wall Street,” o el gran arquetipo que invoca, es la revolución del amor. Si el 99% vencen al 1%, como los Bolcheviques, eventualmente crearán un nuevo 1% para reemplazarlo. Entonces, no queramos vencerlos; queramos abrirlos e invitarlos a que se unan a nosotros.

Si “Occupy Wall Street” tiene una demanda, debería ser esta: ¡¡despierten!!
El juego casi ha terminado. Abandonen el buque cuando todavía están a tiempo. En mi trabajo he conocido muchas personas con grandes fortunas que han hecho justamente eso, han abandonado el juego del dinero y dedican su tiempo a donar dinero de la manera más bella que pueden. Y sigo conociendo mucha gente que tiene las habilidades y buena fortuna para ganar grandes sumas si lo quisieran, pero que de igual manera se niegan a participar en el juego del dinero. Entonces, si sueno idealista, tengan en mente que muchas personas ya han hecho un cambio en sus corazones.

Algunos podrían calificar estas ideas como poco prácticas (aunque yo creo que hacer un cambio como este es ser práctico), y buscan generar demandas concretas. Lamentablemente, aunque no hay demanda suficientemente grande, al mismo tiempo cualquier demanda que podamos hacer es demasiado grande. Todo lo que queremos está en el margen del discurso político dominante, o completamente fuera de éste. Por ejemplo, podría estar dentro del rango de opciones de política pública respetable el mejorar los estándares de confinamiento en la producción industrial de carne; pero ¿qué pasa con terminar con estas prácticas totalmente? El Congreso se debate en torno a si deben reducir las tropas por unos miles aquí y allá, pero ¿qué pasa con terminar con el acuartelamiento del mundo? Cualquier demanda que pudiéramos hacer que esté dentro de los límites de la realidad política actual es demasiado pequeña. Cualquier demanda que pudiéramos hacer que refleje lo que realmente queremos está fuera de lo que es políticamente realista.

¿Lucharemos duramente por algo que ni siquiera queremos? Está bien hacer demandas, pero el movimiento no puede quedarse atrapado en ellas, y mucho menos en ser prácticos, porque cualquier demanda remotamente alcanzable es mucho menos de lo que nuestro planeta necesita. Ser “práctico” no es una opción. Debemos buscar lo extraordinario.

Podríamos generar un listado de demandas, algo que cada uno pueda respaldar, si bien con una reserva en su corazón que dice, “Yo quería más que eso.” Yo animo a aquellos que están en el movimiento a reconocer dichas demandas como pasos en el camino, hitos, tal vez, en el camino a una economía del amor. No hipotequemos algo grande en algo más pequeño. Los medios del movimiento, más que sus fines, serán la génesis de lo que venga una vez colapse la pirámide de deuda. “Occupy Wall Street” está practicando nuevas formas de colaboración no jerárquica, de organización entre pares, y de acción juguetona sobre las que, tal vez un día, podamos construir un mundo.

Debemos aprender las lecciones de Egipto, donde un movimiento de la gente comenzó con la demanda amorfa de terminar con una serie de condiciones intolerables, y, a medida de que descubrió su poder, pronto convirtió esa demanda en la destitución del presidente. Esa demanda hubiera sido demasiado grande al inicio, demasiado imposible; sin embargo al final probó ser demasiado pequeña. El dictador se fue, y los manifestantes se fueron a casa sin crear estructuras duraderas de poder popular, y, si bien cambiaron algunas cosas, la infraestructura política y económica básica de Egipto no cambió.

“Occupy Wall Street” no debería contentarse con medidas a medias, aún aunque anime y aplauda las pequeñas medidas que se tomen al inicio. No debería dejar que dichas concesiones minen la fortaleza del movimiento o lo seduzcan a dejar de lado el nutrir sus redes de organizaciones. “Occupy Wall Street” es la primera manifestación del poder de la gente en mucho tiempo en America. Por demasiado tiempo, la democracia ha significado, para la mayoría de la gente, opciones sin sentido dentro de una caja. La ocupación de Wall Street está saliéndose de la caja.

Nuestro trabajo es tomar posición por un mundo que sea realmente bello y justo, un planeta y una civilización que se está sanando. Para un político o financiero, incluso un pequeño paso en esta dirección requiere coraje, porque va en contra del peso del dinero y todo lo que lo acompaña. Yo creo que la tarea de “Occupy Wall Street” es proveer un contexto para ese coraje, y un llamado a ese coraje. Con cada paso tomado, la necesidad de pasos aún más grandes se hará patente, acompañada del coraje para tomarlos.

A aquellos que tienen las riendas del poder, digámosles, Nosotros seremos sus testigos y diremos la verdad. Nosotros no los dejaremos vivir en una burbuja. Nosotros no nos iremos. Nosotros les mostraremos a quiénes dañan y cómo. Nosotros haremos que hacer negocios sea incómodo, hasta que sus conciencias ya no puedan soportarlo. Sabemos que, al inicio, muchos de ustedes intentaran escaparse de nosotros; tal vez dejen Wall Street y se instalen en oficinas corporativas en los suburbios, en terrenos privados donde no hay “calles” que nosotros podamos ocupar. Tal vez también se retraigan más en sus ideologías de globalismo y crecimiento, que niegan lo que es obvio. Pero nada nos detendrá, porque nuestras tácticas cambiarán constantemente. De una manera u otra, diremos la verdad y la diremos fuerte. Si decir la verdad se torna ilegal, quebraremos la ley. No esperaremos a ser invitados. Entraremos, de alguna manera, en cada fortaleza física e ideológica.

La verdad son selvas que desaparecen, desiertos que se extienden, muertes masivas de árboles en cada continente; pensiones saqueadas, pesos gigantescos de deuda estudiantil, personas que trabajan en dos o tres empleos sin proyecciones; niños que comen tierra en Haití, ancianos que eligen entre comida y medicinas… el listado es interminable, y haremos que ya no sea posible que esté desconectado del sistema monetario. Por eso nos reunimos en Wall Street, y en cualquier lugar donde reinen las finanzas. Nos han mecido durante suficiente tiempo, logrando nuestra complacencia con ilusiones y esperanzas falsas. Nosotros, el pueblo, estamos despertando, y no nos dormiremos de nuevo.




Considerado como uno de los pensadores líderes de su generación, Charles Eisenstein es un orador y escritor reconocido internacionalmente. Autor de libros como El Ascenso de la Humanidad o Economía Sagrada, entre otros, su trabajo se centra principalmente en la salud holística y la transformación de la conciencia humana y la civilización. Ha creado el concepto de Viviendo en el Don, en relación con su trabajo sobre el dinero, la economía y la gratitud. Graduado de la Universidad de Yale en Matemáticas y Filosofía, fue a Taiwán, donde aprendió chino y se formó en las tradiciones espirituales orientales. Allí sufrió una intensísima transformación personal que le condujo a encontrar su actual mensaje. Dedicó varios años a la enseñanza del yoga y más tarde fue profesor del departamento de Ciencia de Penn State Univers.




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