Cerebro, organismo y organización
Nociones de la mente en acción y sus potencialidades

Por Julio Palma, Psicólogo

En el estado de Oregón, Estados Unidos, existe el organismo individual más grande identificado en todo el planeta: una masa subterránea desde la que brotan alrededor de cien mil árboles. Aunque parece una multitud de árboles separados, estos antiguos habitantes del bosque se combinan en una red más compleja y fascinante que su suma total. Venciendo la inmovilidad dada por su naturaleza vegetal, este organismo “viaja”.

Ya sea para labores de “defensa corporativa” frente a las agresiones del medio ambiente o para compartir nutrientes y buenas nuevas (oxígeno, agua, vientos), estos árboles trabajan al unísono.

Sin embargo, por maravilloso y sorprendente que pueda parecer este organismo, ni siquiera se acerca a la complejidad que constituye nuestro cerebro: cien mil millones de neuronas individuales (100.000.000.000), aparentemente tan separadas entre sí como los árboles de Oregón –y seguramente como los de cualquier otro bosque del mundo-, pero tan o más conectadas e indivisibles entre sí que los árboles del ejemplo citado.

Las neuronas tampoco se mueven ni se dividen, y sus formas varían dependiendo de la región del cerebro en que se hallen, y aunque su incansable tarea se da en medio del más completo silencio, están permanentemente “dialogando” entre sí, pasándose mensajes, “mirándose” y evaluando el estado de sus vecinas. ¿Y cómo efectúan estas complejas labores de comunicación? A través de dos tipos de estructuras básicas: axones y dendritas.

Las dendritas cumplen la función de escuchar, mientras que los axones son los que parlotean en un complejo e inaudible susurro químico, eléctrico y magnético, sin aparente contacto físico, en un espacio pequeñísimo denominado sinapsis. En momentos menores a una milésima de segundo, la comunicación entre estas sutiles estructuras determina cada uno de nuestros micros y macroprocesos físicos y psicológicos, desde el funcionamiento de nuestros órganos hasta el proceso de pensamiento más complejo que nos permite entender, por ejemplo, estas palabras escritas. Las primeras son vitales. Se trata de comunicaciones ininterrumpidas –un alto en la función de comunicación en esta categoría puede implicar la diferencia entre la vida y la muerte-, mientras que las segundas se dan en oleadas más o menos voluntarias: es el parloteo incesante de eso que llamamos “mente”, en el que nuestra interioridad se expresa desde aquello con lo que soñamos por las noches hasta nuestros pensamientos más abstractos. Esta primera categoría de comunicaciones vienen pregrabadas en nuestra carga genética.

 

Las segundas, las más complejas y abstractas, son fruto de nuestra experiencia acumulada, es decir, de nuestros aprendizajes. Y esta miríada de conexiones se parece mucho a aquello que llamamos “infinito”: si quisiéramos contar las relaciones de conectividad que se establecen entre nuestras neuronas, dándonos un segundo de tiempo por cada una de ellas, esta tarea tomaría cerca de ¡treinta y dos millones de años! Si usted cree en la reencarnación, estamos hablando de alrededor de cuatrocientas mil vidas…

Esta actividad cerebral no es estable, como suele creerse: cada vez que aprendemos algo se crean nuevas conexiones, nuevas ramificaciones entre las neuronas, creciendo el alcance y las posibilidades de aquello que podemos ser y hacer. Por otro lado, las más recientes investigaciones en neurociencias cognitivas (Dámaso et al.) -sobre todo gracias a los inmensos avances tecnológicos que permiten analizar el cerebro en funcionamiento, a diferencia de lo que hasta hace pocas décadas estaba restringido a la observación de comportamientos en personas con el cerebro dañado o, más simplemente aún, en los procesos de análisis de cadáveres- han demostrado que sí generamos nuevas neuronas en la edad adulta, aumentándose así las potencialidades del despliegue aún desconocido de las potencialidades de nuestra mente.

¿Y cómo es el lenguaje que permite estos altísimos niveles de perfección en la comunicación dentro de nuestro cerebro? Se trata de la mezcla de dos –y hasta tres- “dialectos”: la química, la electricidad y, actuando más bien como un telón de fondo, el magnetismo. La fusión dinámica de estos elementos produce finalmente el exquisito e intrincado lenguaje electroquímico y magnético que redunda en el resultado más increíble: nuestra individualidad y, sobre todo, la capacidad para relacionarnos con otros y con el entorno. Desde cada neurona se envían estas señales electroquímicas a lo largo de su axón, provocándole un temblor eléctrico equivalente a una octogésimo -milésima parte de un voltio, temblor que se desplaza a cientos de kilómetros por hora. Esta señal proveniente de cada neurona se conecta con otras y con otras y con otras hasta que, en fracciones de segundo, constituye, por ejemplo, la palabra “palabra”, o hasta que instala en nuestro ánimo una emoción cualquiera, de amor, por ejemplo, al ver acercarse a alguien querido.

En este “abrazo sináptico” se conjugan, además de ciertos elementos químicos como el sodio y el potasio, una cascada de neurotransmisores, que son más de cien diferentes sustancias generadas en el propio cerebro, las que cumplen el rol de “marcar” el proceso. Este etiquetado nos permite diferenciar un sentimiento de alegría de uno de tristeza, por ejemplo, o diferenciar la palabra “odio” de la palabra “compasión” y entender qué nos está pasando, dependiendo, por supuesto, del nivel de atención –también diseñado y disparado desde el cerebro- que le prestemos a lo que sucede en nuestra interioridad. Este proceso suele graficarse como el de una llave -la señal y el traspaso de neurotransmisores- encajando perfectamente en una cerradura: la neurona receptora que, a su vez, se convierte en la que emite casi simultáneamente las señales a la neurona siguiente, todo esto en lapsos de tiempo, como ya hemos señalado, infinitesimales.

Este proceso descrito no se limita solamente a lo que sucede al interior de ese alrededor de kilo y medio que pesa nuestro cerebro. También se extiende a todo el cuerpo, permitiendo, por ejemplo, que usted desplace sus ojos de letra en letra y reconstruya cognoscitivamente el texto que está leyendo, el que es reenviado por los nervios ópticos hasta el lóbulo frontal, la parte delantera de nuestro encéfalo, donde es decodificado y comprendido. También son neuronas las que ordenan a sus nervios que ordenen a sus músculos que dirija sus dedos hacia el teclado del computador y baje el texto para continuar su lectura, o lleve ese mismo dedo hasta sus labios, que usted entreabra su boca y asome su lengua para humedecer su dedo y redirigirlo hacia el papel y gire así hacia la página siguiente, casi sin intervención aparente de su voluntad.

En otro ámbito, más lejano tal vez, pero altamente pertinente con lo que estamos señalando hasta aquí, conviene señalar una audaz irreverencia: Darwin tenía razón, es cierto, pero sólo en parte. Lynn Margulis, destacada microbióloga estadounidense, y su hijo, Dorion Sagan, investigador, el año 2002 revolucionaron al mundo científico al demostrar que la famosa premisa del sabio inglés era cierta sólo en ámbitos de alto estrés medioambiental: las especies se reproducen como resultado de un proceso de selección natural del cual se excluyen los más débiles, es decir, la naturaleza privilegia la sobrevivencia de los más fuertes, propiciando la desaparición de los más débiles.


Margulis y Sagan, en extensos estudios microbiológicos sobre microespecies que tienen miles de millones de años de residencia en el planeta, descubrieron que la competencia descarnada por obtener los recursos desde el medioambiente se verificaba, como ya se dijo, en ambientes sometidos a alta escasez de esos recursos, y donde el medioambiente ejercía una presión tal sobre las especies que éstas se veían obligadas a matar o dejar morir a sus congéneres para poder acceder al alimento. Según Margulis y su hijo, ha existido otro proceso que ha permitido que incluso nosotros, como especie humana, sigamos poblando exitosamente el planeta: la simbiogénesis.

Como respuesta no-darwiniana a un medioambiente siempre escaso de recursos, la inanición y/o el asesinato de los miembros débiles de la especie se pudo evitar gracias a ¡la fusión de seres de especies distintas! Por descabellado que pueda parecer, nosotros los humanos somos el ejemplo viviente de ello: portamos en nosotros, desde el inicio de nuestra historia como especie, un pasajero –entre varios-que no es parte de nuestra anatomía. Instaladas en cada una de nuestras células, y cumpliendo el rol ni más ni menos de convertir los nutrientes que ingerimos en la energía que nos permite estar vivos, las mitocondrias son parte de los “aliens” que nos habitan. Con su ADN propio, estos seres invisibles a simple vista trabajan para cada uno de nosotros a cambio de que los abriguemos, los portemos y los alimentemos. Lo mismo pasa con nuestra flora intestinal, repleta de bacterias, seres de existencia autónoma aunque enlazada con la nuestra, encargados de participar en los procesos de degradación, almacenamiento, distribución y eliminación de los alimentos de los cuales nos nutrimos.

Esto, que parecía hasta hace poco una excepción, fue confirmado por Margulis y Sagan como una regla: si bien en situaciones de extrema necesidad debido, a la carencia, la naturaleza tiende a eliminar a los seres que no están a la altura de esos desafíos, por otro lado la misma naturaleza regala la opción de la cooperación. Hay cientos de miles de especies que pueblan nuestro planeta que son el resultado de la fusión de especies distintas, las que “escogieron” cooperar en vez de competir.

Aun cuando lo señalado pareciese alejarse de los temas de neurociencias básicas presentados inicialmente, es más bien una invitación a la reflexión: frente a estos ejemplos de tan alta eficiencia en el uso de los recursos limitados en espacios físicos altamente reducidos y en situaciones medioambientales de altísimo estrés –la vida es eso: una perpetua carrera por adquirir desde el medio los recursos que nos permitan la existencia, desde los alimentos hasta la satisfacción de necesidades de otro orden, espiritual, por ejemplo-, ¿es posible el replantearnos los modos, las mecánicas, las tácticas y estrategias con las cuales nos estamos comunicando, siendo que tan cerca, dentro nuestro y en el mundo de la naturaleza, existen modos de funcionar altamente eficaces, siendo que existen ejemplos de cómo hacer las cosas mejor?

En cada organización humana en problemas –“organización” deriva de “organismo”- la primera opción a analizar se refiere, precisamente, al estado de las comunicaciones. ¿Las “neuronas” de la organización tienen los niveles apropiados de “sodio” y “potasio” institucional? Cuando el mensaje transmitido viaja por la organización, las “dendritas” ¿vibran a la frecuencia adecuada para que el mensaje llegue en la forma y a los sitios adecuados? En esa misma organización, ¿se privilegia la “abolición” del otro, o la cooperación simbiótica? Y en términos absolutamente psicológicos, en cada organización, ¿se considera un elemento que es clave para acercarnos a la optimización de los recursos y, sobre todo, de los procesos, es decir, lo único que es propiamente humano, insoslayablemente humano, absolutamente humano: las emociones?

Siempre, sin excepción del estado en que nos encontremos en nuestro proceso vital, siempre-siempre los seres humanos vivimos en la emoción. Salvo en estados de inconsciencia por golpes traumáticos, o en estados de coma o, claro está, una vez que hemos fallecido, el resto de nuestra existencia, incluso cuando dormimos, estamos en una o en varias o en una mezcla de emociones.

Cuán eficiente sería una organización que tomase en cuenta estos elementos al momento de ejecutar las actividades que le son propias: emoción, comunicación eficaz y cooperación constituyen el eje, la matriz que usualmente se ignora, pero en la que yacen las soluciones más pertinentes, incluso las más naturales, por cuanto están a la base de aquello que nos constituye como seres humanos. Lo demás, es sólo eso: lo demás. Las tecnologías, los procesos racionales, los recursos financieros deben ubicarse en su justa medida, como coadyuvantes del proceso vital de cada organización constituida por seres humanos en cuyo material genético y en la transmisión de los aprendizajes se hallan los componentes que nos han permitido, como especie, sobrevivir hasta el presente. 
 



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