Cuando la felicidad no es un mito
Bután, el país con índice de felicidad
Por Mercedes de la Rosa
Imagen de Punaka Dzong, conocido como el Palacio de la Gran Felicidad.

Erase una vez un reino cuyo monarca, tras 34 años de reinado absolutista, decidió ceder el poder a su hijo y a su pueblo. Los proclamó guardianes de la tradición, la cultura, la seguridad y el bienestar del país, redactó una Constitución con la colaboración de su pueblo y proclamó las primeras elecciones democráticas de la historia. 
El día que cerró la puerta de la sala del trono desde el que había gobernado, contaba con 51 años y con el desacuerdo de los habitantes de su reino: no querían que
se fuera.

 

CUANDO LA FELICIDAD NO ES UN MITO

Este episodio, digno de una fábula, ocurrió en el 2008 en el reino de Bután. El cuarto rey, Jigme Singye Wangchuck, lo más cercano a un Dios para los butaneses, dio al mundo una lección de cambio y confianza en su pueblo jamás vista. Dejó tras de sí la democracia más joven del mundo y el único país que mide la felicidad de sus habitantes. “En el pico de su popularidad, el rey pensó que ya había hecho todo lo que podía por su pueblo”, apunta YasheyZimba, ministro de Trabajo y Desarrollo Humano y dos veces primer ministro. “Creía que el futuro de un país pequeño y vulnerable no podía estar en manos de una persona escogida al nacer y no por mérito. Sintió que era el turno de los butaneses de elegir su gobierno y un sistema que guiara su futuro”.

Son las siete y media de la mañana y, mientras el ministro acaba de desayunar (arroz, carne y chiles) en el comedor de un pequeño hotel de madera, que podría encontrarse en los Alpes, sus ayudantes cierran la agenda del día: supervisar los destrozos ocasionados en la zona de Bumtang, en el centro del país, por las fuertes lluvias del monzón, reuniones con dirigentes locales y la inauguración de un nuevo monasterio. “Hay mucho por hacer”, dice.

En 1974, tras la repentina muerte del tercer rey de Bután, el heredero Jigme Singye Wangchuck, de 17 años, se convirtió en el monarca más joven del mundo. Formado en India y el Reino Unido, se propuso conocer hasta el último rincón de su país y a cada uno de sus habitantes. Viajó a las zonas más recónditas –sin acceso por carretera ni electricidad–, se reunió con granjeros y pastores, con lamas, monjes y madres de familia, con niños y abuelos, para conocer sus necesidade

La conclusión de su investigación fue clara: el motor del desarrollo de su reino, con casi todo por hacer, no debía ser el producto interior bruto (PIB), como lo era en el resto de los países del mundo, sino la felicidad interior bruta (FIB o en inglés: GNH, Gross National Happinnes). El progreso de su pueblo no podía medirse únicamente por el dinero; el desarrollo económico debía ir acompañado del cultural, espiritual, medioambiental, así como de un buen gobierno. “La felicidad es subjetiva –apunta el ex primer ministro–, y no podemos asegurar que la gente sea feliz; sería muy naif pensar así. Sin embargo, desde el Estado sí podemos establecer las condiciones para que los butaneses tengan la posibilidad de ser felices”.




TESTIMONIOS DE UNA BUSQUEDA

“Yo soy feliz cuando estoy con mi familia”, asegura Sangayom, de 74 años, madre de siete hijos, mientras juega con su gato en el suelo de la cocina de su casa. En Bután, a diferencia del resto de los países del Sudeste Asiático, la mujer es quien hereda el título de las propiedades de la familia y quien las gestiona. La casa de Sangayom, situada en la localidad de Gangtey, es la típica granja butanesa, presidida por una enorme cocina, en la que el horno únicamente se utiliza en ocasiones especiales. La habitación más espaciosa se ha transformado en un colorido templo, donde nunca faltan ofrendas de agua y comida que se renuevan a diario. El lugar de rezo venera al nieto de Sangayom, quien, a los cuatro años, fue señalado como la reencarnación de un lama, algo habitual en el budismo, la religión que prolifera en el país. “Para mí es un orgullo”, apunta su madre, Sonam, de 29 años, quien únicamente lo visita una vez al año, cuando se lo permite el cultivo de patatas, el negocio que sustenta a toda la familia.

El hijo de Sonam es parte del 20% de la población butanesa que vive en un monasterio. Al menos un niño de cada familia estudia para monje, decisión que queda en manos del cabeza de familia. “Cuando mi tío me dijo que tenía que irme al monasterio, me costó aceptarlo –reconoce Pemba, de 31 años, que en aquel entonces contaba 13–. Después me he dado cuenta de que la vida de un monje puede ser muy interesante; aprendes mucho y no hay sufrimiento”.

La filosofía y la religión budistas son el alma tanto de los habitantes como del paisaje del país
. De talante tranquilo y sin escatimar en sonrisas, es prácticamente imposible escuchar una subida de tono o un insulto de boca de un butanés. La misma paz transmite el ecosistema, donde las vastas montañas, millones de árboles e interminables ríos comparten protagonismo con banderas de rezo de colores, rocas pintadas con imágenes de santos budistas, estupas erguidas en lugares inhóspitos y banderines blancos como homenaje a los muertos. Según la Comisión Nacional de Cultura, el país alberga 2.002 edificios religiosos. Un buen número de estos data del siglo XVII, época en la que Zhabdrung Rinpoche, considerado el unificador del país, convirtió las torres de vigía del territorio en dzongs; fortalezas donde conviven el poder religioso con el administrativo y el judicial, y que todavía hoy siguen en activo.

Para entender tanta felicidad y tan peculiar modelo de desarrollo, es necesario conocer las características de este curioso país. Con una población de 700.000 habitantes y una extensión similar a la de Suiza, Bután está situado entre dos superpotencias mundiales: India y China. El visionario cuarto rey asumió rápidamente que su país nunca devendría un ejemplo de potencia económica ni militar, pero supo ver en la identidad butanesa su fuerza y autenticidad, y sobre este pilar trazó su plan. “Empezamos nuestro desarrollo muy tarde –reconoce el ministro de Trabajo–, por lo que teníamos un larguísimo camino por recorrer”. El gobierno construyó la primera carretera en los pasados años 60 y el aeropuerto de una sola pista –que aún hoy es el único– en los 80; se abrió al turismo –con cuentagotas– en los 90 y permitió la entrada de la televisión e internet a las puertas del 2000. Hoy, Timbu debe de ser la única capital del mundo sin semáforos ni vallas publicitarias; está prohibida, en todo el país, la venta de cigarrillos, así como la emisión de canales televisivos como la MTV o los de lucha libre, y tanto los edificios como la vestimenta para ir a trabajar se regulan por ley.
 
No obstante, en cuatro décadas, Bután ha logrado lo que otros países consiguen en cientos de años: educación –en inglés–, sanidad y comida asegurada para sus habitantes, electricidad casi totalmente subvencionada, agricultura completamente ecológica, planificación urbanística estrictamente regulada y un turismo de alto valor y poco volumen cuyos ingresos pagan la mayor parte de los impuestos que dejan de pagar sus habitantes. Durante este periodo de despegue, la esperanza de vida de los butaneses ha pasado de 44 a 66 años, y la alfabetización, que únicamente se conseguía en los monasterios o fuera del país, ha llegado al 60%. “Hemos encontrado un modelo que nos funciona por medio de otras vías de desarrollo. Nos hemos fijado en países que han crecido mucho económicamente, pero que se han cargado su propia cultura, sus valores y su entorno natural, para no hacer lo mismo –aclara el ministro Zimba–. La población de estos tiene recursos, pero no es feliz”.



EN LOS CIELOS DE LA FELICIDAD

Acceder al monasterio de Neyphug, a 3.600 metros de altura, se convierte en misión imposible bajo la lluvia. La red de carreteras de Bután es todavía precaria; abundan las curvas, escasea el asfalto y, desde una óptica occidental, son altamente peligrosas. Recorrer 120 kilómetros puede llevar cerca de cuatro horas, siempre y cuando la niebla invite a la visibilidad y las vacas, los caballos y los perros no provoquen paradas inesperadas. “Hasta hace poco, mi madre andaba hasta India para vender chiles”, apunta Lhawang, un joven guía. “Tardaba dos días”. No obstante, el dos veces primer ministro, YesheyZimba, afirma que en tres años nadie tendrá que andar más de media jornada para llegar a la carretera más cercana. Tras abandonar el todoterreno para subir al monasterio ante la imposibilidad de continuar, hay que recorrer a pie el último tramo de barro resbaladizo.

Al llegar a la cima, el noveno Neyphug Trulku Rinpoche recibe a los visitantes en su oficina; un amplio espacio con grandes ventanales a través de los cuales se intuyen las faldas del Himalaya y el espectacular valle de Paro. En la sala, abundan alfombras y almohadones en el suelo, que conviven con las últimas novedades tecnológicas: ordenador, pantalla plana, DVD... “Ser monje budista es todo un reto –reconoce con una sonrisa–. La gente piensa que puedes solucionarles la vida; te piden que les cures, que les des dinero, que les aconsejes y que reces por ellos. Estas expectativas a menudo pesan”.

Es la hora de comer, y un adolescente con hábito de monje entra en la sala portando los platos típicos del país: chile con queso, judías, patatas y arroz. “¿A que nunca has comido con alguien de 450 años?”, bromea Rinpoche. Con 30 años y un doctorado en filosofía budista, NeyphugTrulku es la reencarnación de un importante lama del budismo tibetano. Vivía en la granja de sus padres cuando con nueve años habló de los monasterios en los que había vivido en vidas pasadas. Le trajeron objetos y antigüedades de estos que reconoció inmediatamente como suyos. “Mi padre y mi tío se postraron a mis pies”, recuerda. “Era un niño y no entendía nada. Yo seguía siendo el mismo, pero la gente se creía que era distinto. Me fui preparando y, con 19 años, sufrí una transformación real”, añade. Su majestad –así es como se refieren a él mientras le besan la mano– ha creado un centro de estudios religiosos para niños en situaciones difíciles donde estudian 60 jóvenes. Cuando habla de felicidad, pone la responsabilidad en cada uno. “Mientras sigamos teniendo apegos y deseos materiales, seguiremos sufriendo”, explica, sacando a colación una de las grandes bases del budismo: el “no apego”.
 
Cada dos años, una muestra de ciudadanos butaneses responde al cuestionario elaborado por el gobierno para medir el índice de felicidad de sus habitantes. ¿Que cómo lo hacen? La misma pregunta se formularon el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional cuando el Centro de Estudios Butaneses convirtió la filosofía de la FIB en un sistema de medición por orden del cuarto rey. El indicador se sostiene en los cuatro pilares que, según el gobierno, posibilitan a una sociedad ser feliz: la economía, el patrimonio cultural, el medio ambiente y la buena gobernabilidad. Estos se subdividen en nueve dominios: bienestar psicológico, salud, educación, cultura, ecología, uso del tiempo, nivel de vida, vitalidad de la comunidad y gobernabilidad. Cada uno de ellos adquiere un peso en la fórmula y se analiza utilizando otros 72 indicadores. El resultado proporciona la cifra que guiará al gobierno en sus políticas.

A pesar de priorizar la FIB, y de ser una de las economías más pequeñas del mundo, Bután fue en el 2007 el PIB que más rápido creció y alcanzó una renta per cápita de 1.350 dólares anuales, la mayor de todo el Sudeste Asiático. Este puesto se conquistó gracias al desarrollo de la agricultura –de la que depende el 80% de la población–, el turismo y la energía hidráulica; sin obviar que el país depende, en gran parte, de la ayuda económica internacional que recibe. “Tratamos de que cada año esta sea menor”, apunta el ministro de Trabajo.


NUEVAS PRACTICAS, NUEVOS RESULTADOS

Para lograrlo, desarrollan políticas sostenibles que les permitan lograr los ingresos necesarios para la autosuficiencia. Han impulsado la venta de energía hidráulica a su vecina India, que compra el 60% de la producción del país, y, tras una fuerte inversión del gobierno en nuevas plantas, se espera que se incremente notablemente en los próximos años. No obstante, el cambio climático acecha, y Bután no es una excepción. El caudal de los ríos mengua, por lo que el gobierno no ha puesto todos los huevos en la misma cesta y ha encontrado alternativas. El turismo es su tercera fuente de ingresos y una que, intuye, puede incrementarse, y mucho, gracias a sus vecinos chinos, turistas cada vez más frecuentes en el país.

El Ministerio de Turismo controla a cada una de las personas que aterrizan en Bután. Cualquier visitante –exceptuando los de nacionalidad india– debe haber programado y pagado su viaje con anterioridad, a través de alguna de las agencias del país. Esto incluye el billete de avión –únicamente vuela la aerolínea nacional, Drukair, desde India, Tailandia o Nepal– y la gestión del visado, así como de los permisos de visita. Cada día de estancia tiene una tarifa de 220 dólares que incluye alojamiento, comida, coche con guía, desplazamientos y visitas, que se deben abonar por adelantado.

Este estricto control permite, según el Ministerio de Turismo, prevenir desastres en el desarrollo turístico que tanto daño han provocado en Nepal, y asegura un ingreso en las arcas del Estado que se reinvierte en el país (65 dólares por día y persona). “Esta política es justa para las agencias porque el dinero después se reinvierte en Bután”, apunta Tshering Dhendup, dueño de la agencia de viajes ABC.
 
En el reino de Bután, conocido también por sus habitantes como DrukYul, o País del Dragón del Trueno, únicamente viven 40 expatriados –excluyendo a la inmigración india, cada vez mayor–, y de estos, sólo uno es español. “La reciente ley que limita a tres años el visado de trabajo no ayuda a que se anime más gente”, explica Jorge Monje, que hace cuatro meses que aterrizó en el país. Dirige uno de los pocos hoteles de lujo –de la cadena Como– que han conseguido instalarse en este reino, para lo que se precisa una contraparte nacional. “Bután tiene un potencial increíble –afirma–, y es muy fácil vivir aquí. A mí me fascinan la naturaleza y la fotografía, por lo que no puedo pedir más”. Aunque no obvia algunas de las dificultades que se encuentra en el día a día: “Los butaneses no tienen nuestro mismo sentido del tiempo; si quedan contigo a una hora, llegarán tarde seguro”, explica riéndose.


A pesar de poder posicionarse como líderes en otras industrias, como la maderera, puesto que el 72% del territorio está poblado por árboles, el gobierno desestima posibilidades como esta si no encajan con los valores de la FIB. “La filosofía no incumbe sólo a personas, sino también a animales y naturaleza”, apunta el ministro de Trabajo. Desde el gabinete de Medio Ambiente, han creado férreos comités de control para que la deforestación no exceda el 60% del territorio. Los leñadores, so pena de multa, precisan de permisos para talar cada uno de los árboles que derriban.


La misma política protege las plantas que posicionan a Bután como una potencia mundial en plantas medicinales. Entre las especies más protegidas se encuentra el yagtsaguenbub, un híbrido entre vegetal y animal –planta en verano, gusano en invierno– que crece a 4.000 metros de altura. Únicamente los oriundos de la zona están autorizadas a
recogerla, y en cantidades controladas. La planta, que se paga a 10.000 dólares el kilo en China y Tailandia, es muy valorada por sus propiedades afrodisiacas y rejuvenecedoras. “Este es nuestro patrimonio, ¿cómo lo vamos a despreciar?”, exclama el ex primer ministro.

Al igual que la naturaleza, Bután preserva sus tradiciones como un tesoro de valor incalculable. Entre ellas, el deporte nacional: el tiro con arco. Por ejemplo, se celebra un campeonato en medio de la ciudad de Timpu, con la diana a 140 metros de distancia de los arqueros. Los participantes visten el gho, el traje nacional en forma de batín, confeccionado con telas locales, que adornan con el kabney, la bufanda cuyo color sitúa el rango de la persona: blanco para el pueblo, naranja para los ministros y autoridades, y amarillo para el rey. Las mujeres, que animan desde las gradas, llevan el kira, una colorida tela que les envuelve el cuerpo, sujetada en los hombros por broches, que cubren con una chaqueta. Mientras esperan, tanto hombres como mujeres mascan la chuchería nacional: nuez de areca envuelta en una hoja de betel que tiñe de rojo los dientes y tiene un ligero efecto narcotizante. Ofrecerla, especialmente a los ancianos, es un signo de educación, respeto y buen augurio. No obstante, cada vez con más frecuencia, estas tradiciones se ven obligadas a hacer un hueco a la globalización que se cuela a través de la televisión y de la red.

“Los jóvenes se pasan el día viendo dibujos y películas occidentales agresivas, y eso no es un buen modelo”
, apunta preocupado el ministro Zimba. “Yo digo a los niños que, si quieren imitar a Occidente, que se queden con la gente trabajadora, buena y digna, que la hay ¡y mucha! Y no con los raperos, las modelos, las actrices… con todos mis respetos”.

Si hace diez años se le hubiera preguntado a un adolescente butanés quién era su héroe, hubiera contestado sin titubear: el rey de Bután. Su imagen está presente en cada una de las casas y los establecimientos del país, sin importar su remota localización. Cuelga de las paredes como un ejemplo de esfuerzo, de trabajo, de comprensión y de superación. No obstante, si la misma pregunta se repite hoy en Timbu, las respuestas van desde David Beckham, a Rain y Se7en (estrellas del pop coreanos cuyos looks imitan los adolescentes), pasando por TsokyeTsomoKarchung, la primera y única miss Bután, que se ha convertido en popular modelo y actriz. Este certamen, que celebra este año su segunda edición, ha dado el pistoletazo de salida a otros programas como Drukstar o Bhutanstar (versiones nacionales de programas estilo Operación Triunfo), así como a la proliferación de producciones para la gran pantalla.



IDENTIDAD Y CULTURA PAIS

El único cine de Bután se encuentra en la capital, y el precio de las entradas fluctúa en función del éxito de la película que se exhibe. “Aquí sólo pasan películas butanesas y algunas indias, las internacionales no están permitidas, ya las ponen en televisión”, apunta SemGawaiTasha, el joven acomodador que sueña con ser, algún día, director de cine.

La sutil lucha entre lo nacional y lo global es el presente y seguramente el futuro de Bután. Hay quien se opone ferozmente a certámenes como los que exhiben a mujeres en traje de baño, “¿por qué no llevan la kira?”, preguntan. El miedo a lo que puede pasar es palpable. “Tú puedes enseñar a un caballo a beber en el río, pero no puedes hacer que beba”, dice el ex primer ministro Zimba, haciendo referencia a los valores “equivocados” de los que pueden apropiarse los jóvenes. “Lo único que podemos hacer es informarles para que ellos escojan”, añade.

El noveno Neypug Trulku Rinpoche encuentra la respuesta en la filosofía budista: “Si alimentamos el ego, nunca seremos felices. Hemos de trabajar la compasión, el amor incondicional, la bondad y el vacío”.
Nadie sabe cuál es el futuro de este reino, pero sí saben cuál es su pasado y cómo se ha construido. Y con esta ancla de tradición y orgullo, se sostienen los cuatro pilares, nueve dominios y 72 indicadores que han conseguido un modelo de desarrollo único. Un patrón difícilmente exportable –aunque el primer ministro británico ha dicho que quiere medir también la felicidad en su país–, pero que trata de sentar las bases para que su pueblo tenga la posibilidad de ser feliz.




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