Cuando el conocimiento está vivo
Aprender sin hacer no es aprender

Por Javier Martínez, Gerente Gestión del Conocimiento

Por fin. Ha costado mucho trabajo pero el esfuerzo y la espera han merecido la pena: el problema de la educación, primera preocupación de los chilenos, ya está resuelto. Después de leer YouTube es mi padre (donde la aclamada web recibe el cariñoso apelativo de “mi confiable e informal educador”) es obvio que la solución consiste en poner todo lo que queremos que la gente aprenda en YouTube y de paso, mandar a los profesores para su casa ya que no los necesitaremos más. Esta idea feliz tan solo pasa por alto un pequeño detalle: por muchas horas de videos que veas, no aprendes hasta que pones en práctica eso que has visto. Y es que ver no sustituye a hacer…

Conocimiento aplicado
Meses atrás, me topé con otro artículo con un título insólito: Ser médico sin tocar un cadáver, cuyo antetítulo decía textualmente “Miles de licenciados en Medicina no han practicado nunca con un muerto”. Pocos días después, leí una entrevista al coordinador de los supervisores bursátiles mundiales titulado “En la escuela se debe enseñar qué es el dinero” donde refiriéndose al origen de la crisis actual, el entrevistado usaba un ejemplo lapidario: “Cuando cojo el AVE a Málaga no tengo duda de que el conductor sabe llevar la máquina. Entre los banqueros había gente que no tenía los conocimientos necesarios”. Resulta inconcebible que mientras sufrimos amargamente las consecuencias de la falta de conocimiento de muchos profesionales para tomar decisiones adecuadas, sostengamos al mismo tiempo un sistema educativo que falla estrepitosamente en su misión de prepararlos, entre otras cosas, para la vida laboral.

¿Qué está ocurriendo? Todo el mundo habla de la sociedad del conocimiento pero es innegable que tenemos un grave problema con el lenguaje. El conocimiento no es algo que tienes sino algo que haces. Mientras el colegio y la universidad insisten en que el conocimiento es sinónimo de que sepamos muchas cosas, para el mundo laboral el conocimiento equivale a aplicar, a saber hacer. Al fin y al cabo, a nadie le pagan su sueldo por lo que sabe sino por lo que hace con lo que sabe. El sistema  educativo lleva mucho tiempo estresando a nuestros jóvenes (y por extensión a sus familias) para que acumulen cada vez más información mientras las empresas se quejan de la falta de conocimiento de los jóvenes licenciados que contratan. ¿Por qué los que triunfan en la universidad no triunfan en la vida? Algo está fallando y no son los profesores ni tampoco los niños. ¿Cómo aprendían los seres humanos antes de inventar el lenguaje o la escritura? ¿O es que acaso no aprendían? El aprendizaje real no se parece en nada al colegio. El aprendizaje comienza con el nacimiento (posiblemente incluso dentro del útero materno) y ya no termina jamás, es una tarea y una responsabilidad para toda la vida. Nacimos para aprender. Cualquiera que haya tenido hijos pudo observar de cerca el proceso que siguieron cuando eran pequeños y aprendieron a andar, hablar, leer o escribir. El elemento clave que permitió que todos ellos puedan a día de hoy caminar por la calle, conversar con sus amigos, leer un libro o escribir una postal, fue la cantidad de horas que nuestras criaturas dedicaron a practicar. Al principio eran lentos, torpes y cometían multitud de errores pero tras dedicar horas y horas a ejercitarse tenazmente, lograron su objetivo. Y el aspecto que menos impacto tuvo en ese proceso de aprendizaje fue la información en forma de definiciones, conceptos o teorías que recibieron (que en la mayor parte de los casos fue nula). No necesitaron estudiar sino que tuvieron que practicar. La frase de Paco de Lucia ilustra este punto a la perfección: “Cualquiera puede ser el mejor guitarrista del mundo si está dispuesto a pasarse los siguientes 30 años practicando 10 horas diarias los 7 días de la semana”. ¿Quiere esto decir que la información es inútil? En absoluto. La información es una materia prima fundamental para el conocimiento, pero no suficiente. Almacenar en una base de datos todas las recetas de cocina del mundo -incluyendo videos de los mejores cocineros en acción- aunque estén muy bien organizadas, no te convierte en cocinero. Aun si llegases a memorizarlas todas, sabrías cómo se prepara cualquier plato pero no podrías prepararlo… Hasta que no lo incorporas (lo introduces en tu cuerpo) todo lo que ves, escuchas o lees no te pertenece, es información externa y solo cuando la internalizas se convierte en experiencia propia, en conocimiento.

Información con sentido

Supongamos que te pido que me digas que significa la siguiente información: FC = 95; PS = 110 / 40; Temp= 39,5; Edad= 20; Sexo: Masculino; Temblores, mareos. Disfunción renal. Con un poco de suerte, es posible que me puedas contestar que el paciente tiene fiebre y baja presión arterial pero no mucho más. Sin embargo, para un médico, esa misma información significa sospecha de septicemia, se requiere determinar tipo de infección bacteriana, lo que a su vez provoca 3 acciones: Hacer examen de sangre, preparar suero y prescribir antibióticos. La información, por si misma, no permite tomar decisiones y actuar. Para ello hace falta conocimiento y el proceso que convierte la información en conocimiento, se llama aprendizaje. Lo que necesitamos acordar entonces, es cuál es la mejor estrategia para aprender: Si perseveramos en el proceso de obligar a los estudiantes a memorizar ingentes cantidades de nociones inútiles que deben regurgitar para los exámenes (que nunca utilizarán en su existencia adulta y que además olvidan inmediatamente) o les ayudamos a adquirir habilidades que les acompañarán a lo largo de sus vidas (relacionarse con otros, razonar, autoestima, comunicar, etc.) y para ello diseñamos instancias donde practiquen repetidamente. La decisión parece obvia. Acumular información es un proceso sencillo, basta mirar nuestra bandeja de Outlook o las carpetas del explorador de Windows. Sin embargo, acumular conocimiento es mucho más complejo. Leer y escuchar no sustituyen al hacer. La información no deja de ser otra cosa que la experiencia de terceros y uno de los grandes dilemas actuales es cómo lidiar con la sobredosis de bits que nos desborda. Mientras tanto, el conocimiento es la experiencia propia, algo que nunca nos sobrará. Sabemos que aprender es un proceso personal e intransferible puesto que nadie puede aprender por ti. Como sabiamente reflexionó Aristóteles bastantes siglos atrás, “lo que tenemos que aprender, lo aprendemos haciendo”. Hablar de algo no equivale a saber y saber algo no es lo mismo que hacerlo. Nada nuevo bajo el sol.




L
o interesante de aprender es la posibilidad que te brinda de vivir experiencias nuevas (siempre que el proceso sea práctico y no consista en escuchar a alguien). Hacer además es mucho más divertido ya que cuando haces, el protagonista eres tú, mientras que cuando escuchas o miras, no eres más que un sujeto pasivo puesto que el protagonista es el profesor. Permanecer sentado es algo totalmente antinatural ya que estamos diseñados para movernos. Ahora bien, muchos de los problemas con el aprendizaje tienen que ver con el miedo a aprender. Para poder aprender es requisito ponerse al borde del error. Aprender haciendo lleva implícita una amenaza que es la posibilidad de equivocarte, siempre corres el riesgo de fallar, fracasar y manejar la frustración que se genera mientras que cuando lees o escuchas, el riesgo es mínimo. En no pocas ocasiones nos hemos referido al error como uno de los principales elementos del aprendizaje. Muchos ya lo han asimilado: David Ferrer, reciente finalista de Roland Garrós manifestaba “Es muy importante equivocarse para luego aprender de los errores”, el entrenador de porteros de la selección española de fútbol afirma “El portero debe ser amigo del error” mientras el periodista de ajedrez Leontxo García en su charla con el escritor Arturo Pérez Reverte sostiene que “El que pierde en ajedrez es el que más aprende”.



Un caso, una experiencia, un aprendizaje

“Dos niños patinaban en un lago congelado de Alemania. Era una tarde nublada y fría. Los niños jugaban despreocupados.  De repente, el hielo se quebró y uno de los niños se cayó, quedando atrapado en la grieta de hielo. El otro, viendo a su amigo atrapado y congelándose, tiró un patín y comenzó a golpear el hielo con todas sus fuerzas hasta, por fin, conseguir quebrarlo y liberar a su amigo. Cuando los bomberos llegaron y vieron lo que había pasado, preguntaron al niño:

-“¿Cómo conseguiste hacer eso? ¡Es imposible que consiguieras partir el hielo siendo tan pequeño y con tan pocas fuerzas!”
En ese momento, Albert Einstein pasaba por allí y comento:
- “Yo sé cómo lo hizo”
- “¿Cómo?
- “Muy sencillo”, respondió Einstein. “No había nadie para decirle que no era capaz”

C
uando no tienes miedo de aprender, cualquier cosa nueva te interesa y estás dispuesto a experimentar. Pero cuando tienes miedo de aprender, entonces no quieres probar, prefieres quedarte con lo que ya conoces, con lo que es más seguro y donde te sientes a salvo. Es lo que pasa con los niños, para ellos un nuevo juguete es sobre todo una opotunidad de probar una experiencia diferente y aprender algo distinto ya que todavía no tienen miedo acumulado ni temen equivocarse. Mi hijo Pablo solía esperar, montado en su bici nueva, a que yo llegase porque lo que quería era hacer cosas que con la anterior bici más pequeña no podía hacer. No sólo no tenía miedo sino que rebosaba interés y motivación por aprender cosas nuevas. ¿Se imaginan que lo hubiese sentado en una silla para someterle a una clase magistral sobre cómo sacar partido de una bici nueva? Para muchas personas, el aprendizaje es sinónimo de hacer cursos a los que acuden sin entusiasmo alguno, predispuestos a vivir una experiencia poco atractiva, poco sorprendente, poco participativa, poco desafiante, en definitiva, nada emocionante. Sabemos por experiencia propia que no prestamos atención a lo que nos aburre. Cualquier actividad de formación debiese parecerse al trabajo que realizas donde desarrollas un ciclo que comienza con una motivación (enfrentas un problema), escoges la estrategia para abordarlo (preguntas a un colega o buscas información en la intranet o web), aplicas y pones en práctica lo recopilado, compruebas los resultados y corriges (feedback y reflexión)  e incorporas la nueva conducta (aprendizaje). Los alumnos no saben sobre estrategias de aprendizaje pero sí reconocen cómo prefieren aprender y están comenzando a rebelarse. Por eso mismo, lo que en realidad necesitamos es que los profesores sean expertos en cómo aprender y no tanto en sus contenidos o en el uso de tecnologías. La principal habilidad de un buen educador consiste precisamente en diseñar experiencias y no en proveer información. Y la segunda cualidad es la capacidad de establecer relaciones y conocer bien a sus alumnos: quienes son, de dónde vienen, qué les gusta. La educación, es un “asunto” de desarrollo de cerebros y quienes participan del mismo necesitan saber cómo funciona el cerebro. No puedes enseñar si no sabes cómo se aprende y tampoco puedes enseñar lo que no sabes hacer…



Conclusiones
Las dramáticas cifras de desempleo juvenil en España, que rondan el 50%, corroboran que saber mucho y acumular títulos no es garantía de nada. El sistema educativo no señala bien el camino del empleo cuando se trata del primer objetivo de todo joven que se matricula en la universidad. Pero tampoco los jóvenes se adaptan a lo que demanda el mercado laboral. El año 2013 es el año de la innovación en Chile. La innovación depende directamente del conocimiento y éste, a su vez, depende de lo que has aprendido, es decir de la educación. Si tenemos problemas con la educación, entonces nos irá mal en innovación. Si tu modelo consiste en llenar la cabeza de los alumnos cada vez con más información creyendo que eso les hace más inteligentes y más capaces de enfrentar problemas complejos, entonces no sabes nada de aprendizaje.

La educación te prepara para la certidumbre mientras que el aprendizaje te prepara para lidiar con las sorpresas. El desafío para el siglo XXI es educar a los jóvenes para un mundo en cambio permanente y que por tanto no podemos predecir. Tal vez entonces tengamos que repensar:
  • Qué es importante aprender: Cada vez más voces piden enseñar cosas que no figuran en los curriculums como  lenguaje no verbal, programación o finanzas personales. De hecho y aunque pueda sonar radical, si lo que vas a enseñar no se puede aplicar, piensa si merece la pena enseñarlo.
  • Cómo aprender: Si algo sobra en este mundo es información. ¿Por qué esa obsesión con que nuestros hijos sepan muchas cosas? Los niños se aburren en el colegio porque no hacen apenas nada mientras en el resto de su vida tienen multitud de actividades, son protagonistas, tienen autonomía y pueden decidir. Cuando hablamos de enseñar algo, hablamos de enseñar a hacer algo y para eso no hay otro camino que practicar, aprender haciendo. Lo que realmente practicamos en el colegio es hacer exámenes, obedecer, estar sentados y callados, estudiar y tomar apuntes. Nada muy valioso.
Finalmente, nos resta una asignatura pendiente que nadie está teniendo en cuenta: los padres son el principal agente educativo de una sociedad y a día de hoy, o bien saben poco de aprendizaje o las ideas que tienen son contraproducentes porque involuntariamente matan el instinto de aprender de sus hijos. Si los padres fuesen expertos en aprendizaje, el proceso educativo sería infinitamente más efectivo y desde luego placentero. Una habilidad crítica que toda persona debe aprender es precisamente cómo enseñar a otros, cómo motivarlos y desarrollarlos con independencia de si esos conocimientos los aplicará al interior de su familia o con sus colaboradores en el trabajo.


Ya está abierto el plazo de presentación de propuestas para participar en
EXPOELEARNING Chile,
el 21 y 22 de octubre,
organizado por Aefol e Interexpo.



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