Por Aldo Calcagni (Dr. Phil.)
Hemos escuchado tanto acerca de la modernidad. Incluso todavía funciona esto de la “modernización del Estado” o la “modernización de una empresa”. ¿Qué significa esta metáfora? ¿Qué significa “modernizar” algo? ¿Es el coaching “moderno”?
La filosofía de la modernidad.
Mi hija me preguntó el otro día, mientras preparaba una prueba de ética, ¿qué opinas de Hegel, Papá? Para tales preguntas ya aprendí que es mejor apagar la TV, respirar profundo… y tomarse unos minutos antes de responder… La conversación duró hasta altas horas de la noche.
¿Por qué tienes, hija mía, que estudiar a Kant, a Hegel? ¿Por qué como coaches es interesante que lo hagamos?
Pues las obras de estos filósofos son las cumbres más altas de la modernidad, lo más grande que ha podido siquiera pensar, imaginar el genio del hombre, son los inventores de esa posibilidad de ser que llamamos la modernidad: ellos son la cumbre de la fundamentación de los valores de la Ilustración, de la cual se desprende nuestra actual interpretación de los derechos individuales; de la libertad como libertad individual; de la creación de un sistema social, político; incluso de una extraordinaria interpretación de lo religioso; de lo que debe ser la educación, etc. Sobre estos sistemas de pensamiento construimos nuestra actual interpretación de lo que debe ser la escuela, la empresa, la organización social, el estado, etc. Pues bien, ¿cómo podríamos caracterizar esta postura, (digo, sin caer en demasiados tecnicismos)?
Kant (por allá por 1790) produce lo que, con sus propias palabras, se conoce como el “giro copernicano”. Así como Copérnico nos sacó de la ilusión que la Tierra era el centro del Universo, y todo giraba alrededor de ella, poniendo al Sol en ese lugar (el primero de los traumas que tiene que hacer frente la Modernidad), Kant nos propone un giro epistemológico: el centro de nuestro modo de conocer no es ya la “verdad” que proviene del objeto, sino que pone al centro las condiciones de posibilidad con las que el sujeto constituye lo que conoce. Así, no es que haya un árbol que tenemos que conocer “en su esencia” (como decía Aristóteles), sino que, lo que llamamos “árbol” es un constructo que los sujetos hacemos a partir de un caos de sensaciones que provienen de ese X, que luego “organizamos” –según ciertas categorías propias de nuestra “mente” −o “cerebro”, o “psiquis”, o “alma”, o “conciencia”, etc. Es decir, según Kant, somos nosotros los creadores de aquello que llamamos “árbol”.
Hegel da un paso más. Esa X, que para Kant es una “cosa en sí”, que nunca podemos conocer, pero de la cual podemos decir al menos que es independiente de nosotros (como sujetos cognoscentes), se convierte en su filosofía un “momento” de la relación: el Espíritu Absoluto pasa por un momento que podemos denominar “objeto”, cuando está en sí mismo; y luego transita hacia otro momento de sí mismo, un momento que podemos denominar “sujeto”, cuando éste se trasforma en conciencia de ese objeto, y luego transita hacia otro momento, en que se convierte en “autoconciencia” y conciencia de los momentos anteriores, y así sucesivamente. La extraordinariamente compleja filosofía de Hegel explica paso a paso las transformaciones que va sufriendo esta entidad que denomina el Espíritu Absoluto en su despliegue en la historia del Universo.
El cuento es que, desde Descartes, pasando por Kant hasta Hegel, el discurso de la modernidad es monológico. Es decir, es un sujeto –un “yo”- que se constituye a si mismo, y que constituye en su despliegue al mundo completo. Ellos permitió el surgimiento de la absoluta individualidad: como decíamos, permite el surgimiento de la idea de individuo y sus derechos, las constituciones que los resguardan, las instituciones que los fomentan, las organizaciones que generan su despliegue, etc.
Filosofía y ciencia en la Modernidad.
Un caso particular es el desarrollo de la Ciencia en la modernidad. La ciencia se constituye en un discurso monológico, un monólogo entre en investigador (o la comunidad que investiga, para el caso es lo mismo, sigue comportándose como un individuo) y el mundo que conoce. El individuo, provisto de un método va a la naturaleza como un mero observador imparcial, recoge de ella lo que su método le permite capturar, e inventa una hipótesis, que luego va a contrastar con los fenómenos capturados. Así, el científico sigue un método que K. Popper llamará de falsación (en contraste con el modelo denominado de “verificación” de hipótesis), que consiste, no en demostrar la “verdad” de la hipótesis, sino en demostrar que definitivamente esta es falsa. Esto puede sonar un poco raro, si tenemos la noción de sentido común que la ciencia busca la “verdad”. Veámoslo de cerca: la hipótesis “todos los cisnes son blancos” no será finalmente verificada por el hecho que haya cien mil comprobaciones que así lo aseguran. Sin embargo, lógicamente, que aparezca solo un cisne negro comprueba la falsedad de la proposición. Se comprueba irrefutablemente que la hipótesis “todos los cisnes son blancos” es falsa. Por ello, según Popper, el método de la ciencia verdadera no tiene que ver con la demostración de la verdad de algunas hipótesis algunas veces (lo que hacen lo que él llama las “pseudo ciencias”, que van desde el psicoanálisis hasta el marxismo, pasando por la astrología, ciencias de la intuición, etc.), sino abrirse a la búsqueda del ejemplo que demostrará finalmente que “es verdad que la hipótesis X es falsa”. Así va avanzando la ciencia, poco a poco en la construcción de una visión global del mundo, con la hipótesis de qué podría ser de esta manera, y con la certeza que no es de esta otra.
Pues bien, así surge el modelo del observador en la ciencia moderna. Y no sólo en la ciencia de cuño newtoniano; incluso en la física relativista de Einstein esta concepción se mantiene: allí el observador se convierte en un reloj que es el testigo neutro que recoge el fenómeno. Para la física cuántica el observador estará integrado en el fenómeno, interactuado en él, pero sólo como espectador interfiriente, imposible de eliminar.
El modelo del observador y el coaching ontológico.
El modelo es tan simple, que rápidamente se extendió a otras regiones del saber como un modelo fácil de interpretación de la realidad. Con algunos maquillajes, entra en el coaching como el modelo “observador, acción, resultado”. Sumado a los aprendizajes de primer y segundo orden a Argydius. Como coaches sabemos lo conveniente que es por su extrema simplicidad.
Dado su origen en el concepto de observador proveniente de la modernidad y del modelo newtoniano de la ciencia, este modelo, según mi opinión, contiene insuficiencias insuperables, que quedan expuestas, principalmente en el espacio ontológico del coaching (es decir, no tanto en el coaching como instrumento).
En el origen del coaching ontológico esta justamente la inquietud de superar la modernidad como modo de habitar de los seres humanos la tierra. No porque tal modo sea ineficaz o poco exitoso, sino justamente porque centra su habitar en el éxito y en la eficacia. La propuesta de la modernidad ha demostrado ser insuficiente para desplegar la posibilidad de los seres humanos, y amenaza con destruir sus posibilidades mismas de subsistencia.
Es justamente este sujeto centrado en sí mismo, conversando consigo mismo, en un monologo con respecto del mundo, apartado de los otros seres del universo, escindido en sí mismo, separado de otros seres humanos, es el que necesita modos de acercamiento “instrumental” − como podría ser una técnica del escuchar, las conversaciones como diseño de objetivos a lograr, incluso del coaching entendido como mera técnica.
El origen del ser humano −declarado desde la ontología más antigua (Heráclito y Parménides) hasta la concepción de Heidegger, refrendada por la última investigación en neurociencias− es un estado inicial compartido; un encontrarse en el mundo ya desde siempre con otros, desde el origen en un estado de dialogo comprensivo. El ser habitantes del mundo es siempre dialógico, por tanto la acción es originariamente siempre y antes que nada inter-relación, inter-acción, o mejor, como dice Thich Nhat Hanh, inter-ser.
Ella, la acción, tampoco se distingue del habitante mismo que habita: habitar es el inter-ser que ilusoriamente llamamos “acción”, como si pudiese existir como modo “independiente” del habitar mismo. Así, si originariamente no hay nada como un observador y una acción; menos hay “resultados” independientes. Es sólo la fragmentación que nos propone la modernidad la que permite esta ilusión. La propuesta del pensamiento sistémico −último intento de pensamiento fragmentario de la modernidad de hacerse cargo del fenómeno originario de la unidad, a partir de supuestos sistemas de retroalimentación− es insuficiente para intentar fundar el coaching ontológico. Tal simplificación, aunque está disfrazado de “ayuda” a la comprensión, termina por retrotraer al coaching como un instrumento del pensamiento moderno; quizá uno muy refinado, pero finalmente un instrumento más de la modernidad.
Según nuestra interpretación, el coaching ontológico es una posibilidad que surge de una “superación” (el aufheben de Hegel: incluir y trascender, como traduce correctamente K. Wilber) de la modernidad. Surge de una reinterpretación de la antigua ontología de la unidad del ser; que por ejemplo, Heidegger saca nuevamente a la luz. Ella permite reinterpretar el fenómeno del lenguaje desde la unidad de la comprensión reflejada en los actos del habla, superando la división gramatical (sujeto – copula (verbo) – objeto (complementos: directo, indirecto, etc.)). Ella permite reinterpretar el fenómeno del escuchar, no como el ejercicio de un “yo” (observador) que “escucha lo que escucha” desde su propia historia monológica, tratando de recorrer un camino que −ya con Descartes y luego con Kant hasta Hegel− se torna infinito tratando de llegar a un “tu” que es “otro observador”; sino que es un volver al estadio de pre-comprensión compartido originario, que ha estado oculto bajo el manto de experiencias, interpretaciones y distinciones diversas. Surge así una nueva interpretación del escuchar, como un acceder a nuestro origen común.
Quizá ya es hora que, desde la pedagogía del coaching, abandonemos modelos simplistas, que a poco andar se convierten en lastres, más que en ayuda para estar al servicio de los seres humanos, que es la inquietud que nos mueve.