La Ternura (Julio Olalla)
Ternura

¿Recuerdas esos momentos dulces en brazos de tu madre en que te sentías reconfortado cuando sus manos acariciaban tu pelo y lentamente te llenaba la cara de besos? ¿Recuerdas que seguro te sentías? Allí no había fuerza que pudiera amenazarte, estabas acogido y protegido por la Tierra misma, su calor, su textura, sus susurros eran invocaciones inexplicables, misteriosas y profundamente bellas.

Fue allí donde la ternura realizó su tarea, su inconmesurable tarea  de hacer que cada célula, que cada rincón de tu cuerpo,  aprendiese a sentirse seguro, a sentir que este mundo es tu hogar. Fue allí donde le enseñó a tu piel a descubrir los placeres del viento, los besos de la lluvia y el embrujo de las distintas caras del sol.

La ternura nos predispone a las caricias, a la expresión de nuestro amor y también a proteger dulcemente al que amamos. Cuando danzamos en ella, canalizamos poderes primordiales que nos enseñan a ser parte de un todo misterioso. Ella nos permite experimentar la fuerza vital de nuestra pertenencia a la vida, y la bullente energía de ser amados, de ser simplemente partes de algo mayor y de estar constituidos en ello.

Un niño privado de ternura es un niño privado del hogar universal, privado de la seguridad vital. Ese niño, si no la aprende más tarde en la vida, corre el riesgo de vivir en el desapego y en la ausencia de un lugar compartido. Sin conocerla, su cuerpo no reconcerá el abrazo que funde, su piel no identificará el calor de la acogida y sus besos naufragarán en aguas ceremoniales. La soledad lo rondará incluso en presencia de otros y le dirá que no merece ser amado.

La ternura no está limitada a nuestras relaciones con otros humanos. Ella se alimenta en nuestras relaciones con lo no-humano también. Es más, allí se agranda, allí descubrimos lo que nos importa y en su embrujo sentimos el asomo de nuestro don. ¿O no has sentido la ternura de la brisa y las caricias del zumbido de una abeja? ¿O la ternura de la arena en tus pies o la luz de la luna jugando en el pelo de tus hijos?

La ternura es también impulso prodigios que nos posibilita ciertas conversaciones de gran importancia. Es precisamente en el espacio de seguridad que ella crea en donde podemos tener las conversaciones más íntimas, más trascendentes, más sanadoras. Cuando recibimos ternura sabemos que somos amados, cuando la entregamos sabemos que podemos amar. Allí podemos mencionar lo que de otro modo sería innombrable, pedir la ayuda que necesitamos desesperadamente, abrir el alma al amigo, escucharlo en paz.

A menudo no sabemos distinguir la ternura del erotismo. Ambas emociones manifiestan amor, pero son claramente diferentes.

Una cultura que le teme al erotismo y que no lo sabe distinguir de la ternura, corre el riesgo de terminar reprimiéndo a ambas y pagando por ello un tremendo costo colectivo.

Si bien la ternura nos predispone a la caricia, a manifestar nuestro cariño, ella está desprovista del impulso sexual.  El erotismo, en cambio es aquella emoción maravillosa que contiene ese impulso, además de hacernos sensibles a la belleza. Su rol es claramente distinto al de la ternura.

Es precisamente esa diferencia lo que hace tan brutal el delito de abuso sexual de los niños. El delincuente actúa una falsa ternura para aprovecharse de la seguridad que crea y actuar entonces en su propio beneficio.

La ternura es un regalo que nos han hecho los dioses. Es un soplo vital, una manifestación de nuestra mutua permanencia. Es una ofrenda, un don, una luz maravillosa en medio del misterio de la vida. Es una fuerza central, una manifestación universal, un mensaje eterno. Mira a tu alrededor, re-descubre la dulzura de la piel de las manos de tu hijo, la magia de los árboles, del mar, de la montaña y déjalos que te acaricien; recuerda que esa ternura viene más allá de todos los tiempos.


Julio Olalla
3 de junio del 2009

Nuestro Agradecimientos a la Artista Andrea Arco Blanco quien nos autorizó gentilmente a publicar una imagen de su pintura “ La Ternura”.

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