Érase una vez una mujer inmensa, era grandísima, y redonda.
Sus brazos eran asíííí de grandes y sus piernas el doble.
Cada vez que iba donde el doctor, él muy sorprendido, le decía que se encontraba en perfecto estado de salud y ella le respondía: "son los besos y los amores, doctor".
La conocían en el pueblo y en los pueblos vecinos, la saludaban alegremente como quien saluda a un amigo y ella sonreía todo el tiempo.
Su nombre era Abundia y era amada por todo el pueblo, conversaba con todos los habitantes y día a día dedicaba un rato a conocer un poquito más de cada uno. Toda la gente se sentía escuchada, contenida, y a Abundia la respetaban no por lo que decía sino, por la forma de decirlo…el amor que se veía en sus ojos y la inmensidad de su abrazo.
A Abundia le encantaba vestirse de colores, se adornaba con joyas, no de oro ni de plata, sino joyas de papeles de colores hechas por los niños de la escuela, artesanías hechas por manos de hombres y mujeres que tenían un gesto de gratitud por alguna palabra, mirada, abrazo o beso de Abundia.
Abundia era madre, tenía 27 hijos: dos pares de trillizos, tres pares de mellizos y el resto fue naciendo de año en año; Abundia era abuela de más de cien nietos, y era esposa de un solo hombre: Don Escasio.
Don Escasio era flaquitico flaquitico flaquitico, parecía un fideíto y en las tardes de tormenta, se amarraba un pie en el portal para no ser llevado por el viento, que se lo quería llevar desde hace tiempo…
A doña Abundia le encantaba celebrar, celebrar lo bueno y también lo malo y lo que más le gustaba era tomarse un buen vino tinto y bailar samba con sus 115 nietos.
Se acercaba el aniversario de matrimonio número cincuenta de doña Abundia y don Escasio. Hacía por lo menos diez años que Abundia le había contado con mucha alegría a todos sus hijos el regalo que quería para su aniversario.
Los hijos recogieron entre ellos el dinero necesario para cumplir el sueño de doña Abundia y cuando fueron a contarle a su papá que ya lo habían reunido, se dieron cuenta que era el único que no había escuchado el sueño de doña Abundia.
Su sueño era ir al carnaval de Río de Janeiro.
El primero de febrero de ese año doña Abundia no podía creer que se estaba subiendo a un avión rumbo a Brasil con don Escasio para cumplir su sueño.
Mientras iban en el avión doña Abundia se bebió de felicidad una de las botellas de vino tinto que traía de Chile para compartir con los nuevos amigos que conocería en el viaje, y al llegar al hotel bebió otra más. Estaba tan feliz que lo único que quería era llegar al hotel para dejar las maletas y salir a la calle.
Nunca se esperó que don Escasio le dijera que verían los desfiles por televisión.
Ella, por primera vez en los cincuenta años de matrimonio, le dijo a Escasio, en voz calmada y alta, "estas loco, Escasio!; No viajé tan lejos para ver los desfiles por televisión". Tomó ocho de las botellas de vino que tenía en la maleta y salió a recorrer las calles.
Encontró a la gente guiada por su gran oído. Y se dio cuenta que cuando encontró a la multitud ya se había bebido dos botellas más.
Y tenía un calor tan insoportable que se sacó la camisa y caminó descalza unas cuadras más.
La falda y otras ropas se las sacó a unos pasos de la calle principal y quedó instalada entre dos inmensas carrozas. Era tan grande, tan feliz y bailaba tan bien samba doña Abundia, que pensaron que estaba preparado y varios felicitaron a las autoridades por tan bello espectáculo.
A doña Abundía la rodeaban cientos de niños de todas las razas que vitoreaban su prodigiosa manera de bailar samba.
Abundia no recuerda cómo llegó al hotel.
Escasio sí.
Cuando ella abrió los ojos a la mañana siguiente, don Escasio tenía preparadas las maletas y le dijo: "Abundia, nos vamos a Chile. Y en cuanto lleguemos me das el divorcio, ¡que aquí tengo la prueba!".
Ella no dijo ni una palabra. Ya su sueño estaba en su gran corazón. Así que sin chistar se vistió, tomó las maletas y volvieron a Chile.
En el juzgado cuando estaban divorciándose, Abundia le habló por primera vez a Escasio así:
"Tu me pides el divorcio, yo te lo voy a dar, y espero que esto sea algo que te quede en el cuerpo, pues a mí todo me ha quedado aquí… en este brazo que ves tan grande están todos los abrazos que he dado, en eeeestas caderas -recorriendo de cadera a cadera con su mano - todas las noches de amor.
En esta oreja todas las palabras que me has dicho y en este cuello todas las canciones que he cantado. En este pecho todo el amor de nuestros hijos y nietos. En esta pierna tengo todos los caminos andados y en esta otra todos los de regreso.
Como ves, me puedes leer como un mapa, me puedes leer la vida que hemos vivido juntos. En cambio, Escasio, en ti no se queda nada, no hay un solo lugar de tu cuerpo que haya recibido algo mío o de otros. Por eso te doy el divorcio".
Al escuchar esto, Escasio tomó la prueba y la lanzó al piso. Eran las primeras páginas de 14 periódicos brasileros y 7 regionales con la foto de doña Abundia en primera plana danzando…¡desnuda!.
De don Escasio no volvimos a saber nada. Y de doña Abundia si. Se ganó la lotería, con ese dinero compró un viñedo tan enorme como ella y montó en el pueblo la única escuela de samba pública donde tenían entrada gratis todos los abundantes del país.
Doña Abundia murió en paz, a los 118 años, mirando su viñedo después de haberse tomado una copita de vino. La cremaron y cumplieron su último deseo: esparcir sus cenizas en su viñedo para que las uvas tuvieran su espíritu. Fueron tantas las cenizas que alcanzaron para ser echadas en todas las regiones de Chile.
En algunas tardes en la ciudad de Santiago de Chile cae un polvo gris a la que la gente le llama smog; no te confundas, es parte de doña Abundia que sigue sonriendo y bailando en el cielo.