Audacia
Por Julio Olalla
Existe un grupo de emociones que tienen un “sabor” parecido: indican el carácter de nuestra relación con el miedo cuando nos toca actuar. Piensa por ejemplo en el coraje, la valentía, la audacia, el arrojo, la timidez, la cobardía, la temeridad y la prudencia.
Todas ellas evocan significados levemente distintos, sensaciones distintas, y un sentido de valor diferente en nosotros. Simplemente al leer los nombres de esas emociones puedes haber sentido su sabor, y tal vez puedes recordar momentos de tu vida donde las experimentaste. Puede ser también que reflexiones acerca de tu tendencia a vivir en algunas de estas emociones mucho más frecuentemente que en otras. Exploremos algunas de estas diferencias a través de nuevas distinciones.
Es fácil pensar en algunas de estas emociones como valores: coraje, audacia, y prudencia, por ejemplo; y en otras como vicios: cobardía o timidez. ¿Qué las hace tan diferentes en nuestros juicios? ¿Por qué le atribuimos tan alto valor al coraje y la audacia? ¿Por qué es tan vil la cobardía?
Claramente, nuestra capacidad de actuar es una parte esencial de nuestra capacidad de vivir. Nuestra dificultad para tomar acciones es fuente central de nuestro sufrimiento. Sin capacidad de acción es difícil encontrar satisfacción y autosuficiencia. Perdemos el entusiasmo y la auto-crítica se perpetúa, alimentándose a sí misma.
Si consideramos también que servimos a otros a través de nuestra capacidad de actuar, cualquier fuerza emocional que restrinja esa posibilidad afecta nuestras relaciones con otros de múltiples maneras. Lo que es más importante, nos priva de la posibilidad de manifestar el amor de manera real, concreta y terrenal. El amor privado de la oportunidad de servir se convierte en frustración.
Entonces, consideremos qué es lo que nos detiene a la hora de tomar acciones. Puedo pensar por lo menos en dos grandes obstáculos: el miedo y la falta de confianza en uno mismo.
Es importante observar que puede ser que vivamos en el temor. El temor puede ser tu estado de ánimo habitual. Imagínate en un estado permanente de temor. Esta es una de las maneras en que el temor se manifiesta y nos detiene a la hora de tomar acciones. En algunos casos nuestro temor es más específico, por ejemplo el temor de ser evaluado negativamente por otros, o el temor a fracasar, o el temor a un resultado particular de la acción que estamos considerando.
Es crítico distinguir lo anterior. Si no vivimos poseídos por el temor, y el temor es algo que se gatilla cuando consideramos un resultado posible de la acción que planeamos tomar, entonces debemos considerarlo y escucharlo. Así podemos optar por continuar en nuestro camino hacia la acción en presencia de un temor que hemos considerado, o podemos decidir no actuar.
La falta de confianza en uno mismo significa estar poseído por el juicio de ser fundamentalmente incompetente, y por lo tanto estar controlado por el temor al fracaso. Cuando carecemos de confianza en nosotros mismos el fracaso no es uno de los posibles resultados de tomar acciones, es algo seguro.
Es una condición de quién yo soy. Una vez mi acción no ha producido el resultado que yo buscaba, lo considero un fracaso. En vez de considerar el intentarlo de nuevo, lo viviré como una razón más para no tomar acciones en el futuro. Entonces mi cuerpo tiembla y tengo una sensación de vacío en el estomago. Estas sensaciones corporales me son familiares, dolorosamente familiares. Son casi insoportables.
El temor es una emoción importante, y no tenerla puede destruir nuestra capacidad de sobrevivir. Por lo tanto, la tarea no es hacer desaparecer el temor, sino poder actuar en su presencia si así optamos. Esa virtud se llama coraje. El coraje se asocia con valores éticos; habla de nuestro compromiso a actuar si consideramos que está en juego algo importante. Esto lo hace diferente del ser temerario, que es actuar sin considerar nuestros valores o los valores de otros.
La audacia, aunque comparte con el coraje la virtud de optar por actuar en la presencia del temor, tiene un ingrediente adicional: iniciativa. Podemos ser corajudos y no tener iniciativa. No podemos ser audaces sin iniciativa.
La audacia no espera. Nos movemos hacia el peligro, el riesgo, la dificultad. La audacia es tomar acción valiente para que algo ocurra. Es cuando algo nos importa tanto que tomamos acciones en presencia de posibilidades claras de fracaso, arriesgando la vergüenza o el rechazo. Contiene la voluntad de doblegar reglas de etiqueta o modales. La audacia detesta a la pequeñez. La audacia te requiere que estés enamorado de las posibilidades que ella misma te puede desplegar.
Pero la audacia no sólo significa actuar en la presencia del temor, también significa escuchar el temor como una guía, como una voz de sabiduría. Sin ese escuchar, estamos ante la temeridad, el descuido.
Por todas esas razones, la audacia es la emoción del emprendimiento. Es inimaginable sin la capacidad de soñar. La esencia de la audacia es la capacidad de enfrentarse al riesgo. ¿Podemos ser audaces si no tenemos sueños? ¿Podemos ser audaces si no nos invade la pasión? ¿Para qué vale la pena asumir riesgos si no te impulsa un deseo ardiente, una pasión devoradora de algún tipo?
En nuestros tiempos somos testigo de aspectos culturales que destruyen el surgimiento de la audacia. Uno de éstos es la búsqueda desesperada de seguridad, y la otra es vivir como si la vida te debiera todo lo que quieres. Una, obviamente, es el temor a cualquier tipo de riesgo; la otra es la incapacidad de tomar la iniciativa. Es presumir que ya deberías tener algo, y si no lo tienes otro es responsable de que te falte. En esos casos no eres audaz, tan solo eres agresivo. Seguramente la vitalidad te abandonó, y una red de relaciones utilitarias ha reemplazado el poder del amor y la magia. Pronto reinará el aburrimiento y los recuerdos no te empoderarán. Una vida sin audacia es un camino seguro al arrepentimiento.
Entonces, ¿existe el aprendizaje emocional? Sin duda alguna. ¿Se puede aprender la audacia? ¡Sí! No sé si podemos afirmar que se puede aprender en todos los casos, pero estoy seguro, porque he sido testigo de ello, que está disponible en la mayoría de los casos.
¿Cómo aprendemos la audacia?
El primer paso es un proceso reflexivo de develar nuestros temores, de ser conscientes de ellos.
Segundo, empezamos a distinguir declaraciones (opiniones y juicios) de afirmaciones (hechos medibles y que se pueden probar), y empezamos a reconocer que nuestras declaraciones no son hechos o verdades. (Por ejemplo, es una afirmación que Juan mide un metro noventa, y es una declaración que él es buen mozo.) Recuerda, la mayoría de las personas viven declaraciones como si fueran afirmaciones, es decir, como si fueran aspectos permanentes de su personalidad, atributos tan arraigados como el color de su pelo.
Tercero, trabajamos a nivel del cuerpo. Probablemente el cuerpo estará cerrado al movimiento de avanzar, no tendrá la disposición de resolución. Esto se puede desarrollar con ejercicios frecuentes durante un periodo de tiempo que varía de individuo a individuo. Un aspecto importante de esta práctica son los ejercicios de respiración.
Todo esto requiere de consistencia, y la mejor manera de desarrollar dicha consistencia es con el apoyo del un coach en sesiones periódicas. Al identificar las áreas de tu vida donde deseas ser más audaz, y siguiendo los pasos que se describen, empezarás a desarrollar la audacia que buscas.
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